A Ecuador no le conviene ir al FMI

Los acuerdos con el FMI suelen posponer la implementación de reformas estructurales, y en este caso un acuerdo con este organismo le daría alivio a un gobierno que ha demostrado gastar de manera irresponsable la bonanza petrolera. Los ecuatorianos no necesitan que su gobierno sea rescatado, más bien necesitamos protegernos nosotros mismos de nuestro gobierno exigiéndole que corrija sus errores. El riesgo moral ha viciado la relación entre los gobiernos clientes y el FMI. Siempre ha sido así. Como ejemplo considere la historia del FMI en Argentina o incluso más recientemente en Grecia.

Antes de cualquier discusión acerca de una reestructuración de la deuda con el FMI y otro organismo multilateral, es necesario que el gobierno demuestre en los hechos un genuino esfuerzo por reducir el gasto público, la verdadera raíz de nuestros problemas actuales. Esto no derivaría como muchos dicen en una mayor recesión, de hecho hay varios ejemplos de países dolarizados o euroizados que realizaron drásticas reducciones del gasto público y experimentaron como resultado una saludable recuperación. Si es cierto que la distorsión acumulada por este gobierno en una fiesta de gasto público no hay forma de resolverla sin que exista costos de por medio. La cuestión está en reducir a un mínimo el costo del ajuste y la duración de la recesión. Eso no se logra consiguiéndole un salvavidas a alguien que no da señal alguna de querer rectificar.

Acá está un artículo con este argumento más desarrollado y con más fuentes.

Publicado originalmente en 4pelagatos.com el 4 de febrero de 2016.

¿Cuándo entrará en crisis Venezuela?

Los últimos años he escuchado reiteradas veces planteamientos sobre la posibilidad inminente de que Venezuela entre en crisis. Y cuando escucho este tipo de interrogantes o augurios yo me preguntó ¿Acaso Venezuela no está en crisis hace muchos años? ¿Acaso llegar al punto donde no hay productos básicos como la leche o el papel higiénico no califica como una crisis? ¿Acaso entrar a un almacén y que le digan luego de una cola de horas que solo puede comprar un jabón no es digno de arrancarse los pelos? ¿Acaso tener una de las tasas de homicidios más altas del mundo no es evidencia de una descomposición social? ¿Acaso las miles de muertes que suceden porque ya no hay insumos en los hospitales o porque los diabéticos no pueden conseguir insulina no son suficiente tragedia? ¿Acaso tener un gobierno tiránico no es espantoso?

Tal vez quienes auguran que Venezuela entrará pronto en una crisis entienden por crisis un golpe de Estado, motines militares, cobertura de la prensa internacional, periodistas en chalecos antibalas reportando desde las calles con disparos de fondo, en fin algo entretenido, digno de Hollywood. Para mí, eso sería un desenlace, una posible consecuencia de lo que Venezuela está atravesando hace muchos años. Porque la crisis está bien instalada en ese país, como también lo está en Cuba, sin que eso signifique que se avizore una revolución política en la isla en el futuro próximo. El cambio de régimen y el fin de la crisis pueden ser pacíficos o con violencia, pueden llegar en unos meses o puede demorar 50 años más, dependiendo del comportamiento de los propios venezolanos, pero la crisis no hay que esperarla, ya llegó hace mucho.

La culpa de la paupérrima situación venezolana no es su actual presidente Nicolás Maduro. El principal responsable de la crisis es Hugo Chávez quien condujo a Venezuela por la senda socialista. Sin duda, la ineptitud de Maduro y su empeño por seguir el mismo camino que su antecesor solo pueden agravar algo que ya era desastroso.

Para los Venezolanos hay una leve esperanza en los resultados de las últimas elecciones parlamentarias donde el partido de Gobierno perdió abrumadoramente. Ese pueblo que contradiciendo a falsos adagios como que “el pueblo nunca se equivoca” o que “la voz del pueblo es la voz de Dios” votó reiteradas veces por Hugo Chávez y su partido y por ende se equivocó reiteradas veces, está empezando a rectificar su gravísimo error.

¿José Mujica nos dejó un “Petrobras” uruguayo?

El caso de la “valija de Antonini” acaecido en 2007 en Argentina, puso al descubierto el interés de Hugo Chávez –los hermanos Castro, por involucrarse activa y económicamente en los asuntos internos de los países de la región, con el fin de que en cada uno de ellos obtuviera el poder un político afín. Los objetivos perseguidos eran dos:

Por un lado, que bajo su égida  las dictaduras de origen electoral se fueran expandiendo por el continente; y por el otro, que respaldaran al chavismo-castrismo silenciando o haciendo la vista gorda a sus violaciones de los derechos políticos, civiles y humanos.

A su vez, el “escándalo de Petrobrás” en Brasil, sacó a la luz métodos más sofisticados de apoyo a mandatarios amigos. El sistema se basa en una triangulación, donde algunas compañías ganan enormes sumas de dinero de forma ilegítima bajo el auspicio estatal, y la contrapartida es financiar al partido gobernante en las campañas electorales.

En Uruguay, parlamentarios de la oposición se aprestan a investigar si durante la presidencia de José Mujica (2010-2015), no se puso en marcha un mecanismo similar. Específicamente, han puesto el foco en una situación que se conoció hace poco tiempo: los acuerdos comerciales firmados por Chávez y Mujica en enero de 2011, durante una visita de este último a Caracas. De esos negocios lo que más les llama la atención, es el papel desempeñado por la empresa Aire Fresco S. A.

A esa empresa se le otorgó la exclusividad de intermediar en TODOS los acuerdos comerciales (de importación y exportación) entre Uruguay y Venezuela, desde esa fecha hasta el día de hoy. El titular es Omar Alaniz, ex integrante del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Sus directivos son dirigentes o militantes del MPP  (sector político liderado por Mujica) y algunos de ellos forman parte del círculo más cercano del ex presidente.

A nivel parlamentario, el diputado de la oposición Alejo Umpiérrez sigue con atención esa situación porque le resulta “harto sospechosa” dicha intermediación. Señala que “el gobierno tiene que responder cómo fue que se seleccionó a esa empresa, qué antecedentes tiene, qué negocios tenía previo a que se la colocara en un memorándum oficial”. El legislador señala que lo que le llama poderosamente la atención, es que “generalmente los intermediarios, además de cobrar su porcentaje, hacen adelantos de pago de futuras exportaciones. Acá no hemos conocido ninguna mecánica de prefinanciación de exportaciones. Simplemente se ha transformado en alguien que lo que hace es cobrar un peaje”.

Frente a esas sospechas la reacción de Mujica fue restarle importancia a la situación, aduciendo que “es una manera de ganarse la vida como cualquier otra”.

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“La gran apuesta” y la crisis financiera

La semana pasada fui a ver “La Gran Apuesta” (“The Big Short”, Adam McKay, 2015), película sobre la crisis financiera del 2008 basada en el libro del mismo nombre de Michael Lewis (que, por cierto, recomiendo para entender lo que pasó con mucha más profundidad; además de Boomerang, para entender las crisis fiscales que siguieron a la financiera). La película es muy buena. Buen guión, buenos actores (Christian Bale y Steve Carell destacan en particular) e ingeniosas formas de explicar en fácil lo difícil. Es un mérito, obviamente, explicar que es un bono respaldado por hipotecas, una “deuda garantizada” y luego una “deuda garantizada sintética” sin que nos aburramos. Altamente recomendable.

Pero esto no se trata de cine, sino de regulación y políticas públicas. Lo que quería preguntarme en este post es si la narrativa de la película refleja cuáles fueron las verdaderas razones de la crisis financiera. Esto resulta sumamente importante porque muchas veces los grandes problemas se sobre simplifican y una determinada narrativa es la que predomina (con “malos” y “buenos”). Esto influye en la gente y, luego, en los políticos. Si la narrativa que predomina no es la correcta, o es incompleta, corremos el riesgo de adoptar políticas públicas poco sensatas o ineficaces.

La metáfora de la “jenga” es genial

La película, creo, explica bien una parte del problema: un grupo de inversionistas y bancos; entre avaros, negligentes y hasta delincuentes, creó productos poco transparentes y muy riesgosos para hacer mucho dinero. Estos productos (bonos respaldados por conjuntos de hipotecas) eran poco transparentes, ya sea por que eran demasiado complicados o simplemente porque tenían información falsa; y eran cotizados a un valor mucho mayor que su valor real. Con este producto se “levantaba” más plata del mercado para seguir financiando préstamos a quienes en realidad no tenían dinero para pagarlos. Gente que tenía ingresos moderados (la stripper en la película, la niñera de Eisman como se narra en el libro) se compraban no sólo una, sino dos o tres casas. Esto, que normalmente sería un problema, era solapado por el hecho de que el valor de las casas “siempre subía”, por lo que los bancos sentían que tenían garantías suficientes y eran “flexibles” para refinanciar los créditos. La farra duró tanto tiempo porque todos asumían que los valores de las casas seguirían subiendo.

Todo esto, que la película narra de manera genial, es cierto e indudablemente es una de las más importantes causas de la crisis financiera.

El tema es que esta parte de la historia, por sí sola, nos puede llevar a concluir que la solución es más regulación: que se prohiban cierto tipo de productos o inversiones, que más operaciones deban ser supervisadas, que se creen nuevos organismos reguladores o se expandan los poderes de los ya existentes.

Este enfoque del problema, sin embargo, está dejando de lado las fallas institucionales que contribuyeron a la crisis: el Estado dejó de hacer muchas cosas que sí podía hacer e hizo otras cosas que activamente contribuyeron a la crisis.

Como escribí en este post:

No puede negarse, es cierto, que algunos agentes del mercado incurrieron en conductas fraudulentas (principalmente, esconder los “créditos tóxicos” en sus estados financieros y las valoraciones demasiado “optimistas” de muchas agencias calificadoras de riesgo). Otros, simplemente, arriesgaron demasiado —y ello explica por qué a otros, que fueron más cautos, no les fue tan mal con la crisis e incluso a algunos otros les fue muy bien. Pero el comportamiento “oportunista” y “codicioso” de algunos agentes del mercado no puede ser la única ni la principal explicación de la crisis, si se toma en cuenta que en realidad el afán de lucro de cualquier proveedor de bienes o servicios es una constante en los mercados. No sólo es una constante, sino que puede afirmarse incluso que tal afán de lucro es el motor mismo del funcionamiento de los mercados. Es el que nos impulsa a innovar, a ahorrar costos, a ser más eficiente, a ofrecer mejores y más diversos productos y servicios.

Quien afirma que la codicia de algunos banqueros fue la causa de la crisis debería demostrar que hubo alguna especie de “epidemia de codicia” en los años 2006 y 2007 o que antes de dicho periodo los agentes en el mercado no “especulaban” (es decir, no “compraban barato para vender caro”, que finalmente es como funciona siempre el mercado) con valores. Como es obvio, demostrar ambas cosas sería imposible, por lo que el argumento de la avaricia debe ser dejado de lado como un factor determinante para el origen de la crisis financiera. No pretendemos con esto argumentar que mucha gente no actuó de manera irresponsable o hasta irracional. Lo que pretendemos afirmar es que siempre algunas personas actúan en el mercado equivocadamente, irresponsablemente e incluso irracionalmente. Pero ello no explica por sí solo una crisis de las proporciones de la crisis inmobiliaria. Como señala Richard Epstein, la avaricia es una constante en la naturaleza humana. Las crisis financieras, por otro lado no son una constante en la vida política ni económica. Es preciso, por lo tanto, entender por qué el comportamiento económico egoísta puede producir progreso en algunos casos y debacles en otros.

Es necesario preguntarnos, en ese sentido, cuáles fueron las condiciones que crearon los incentivos perversos que permitieron el comportamiento oportunista o irresponsable de banqueros e inversionistas. Nuevamente, citando el post anterior:

Las verdaderas razones de la crisis financiera (originada en primer lugar en el mercado de hipotecas sub-prime y diseminada luego por todo el sistema crediticio) pueden atribuirse, principalmente, al propio Gobierno Federal de los Estados Unidos de América. En efecto, dado que el “sueño americano” dicta que todo ciudadano estadounidense debe ser propietario de un “techo propio”, diversas políticas de vivienda implementadas por el Congreso de los Estados Unidos de América y la Federal Housing Administration incentivaron, e incluso en cierta medida obligaron, a que las entidades financieras bajen artificialmente el costo de los créditos hipotecarios. Ello, como es natural, causó que la demanda de estos créditos se incremente considerablemente, dando inicio a lo que se conoce como la “burbuja inmobiliaria”.

En paralelo, aproximadamente a partir del año 2001, luego de la crisis “punto-com”, el Banco Federal de Reserva (FED) de los Estados Unidos de América comenzó a reducir considerablemente la tasa de interés referencial de los fondos federales disponibles para préstamos inter-bancarios de corto plazo, con la idea de combatir la recesión causada por la referida crisis. Incluso economistas como el Premio Nobel de Economía Paul Krugman defendieron la necesidad de crear una “burbuja inmobiliaria” con dicha finalidad: “Para combatir esta recesión el FED necesita más que un empujón; necesita incrementar el gasto familiar para compensar el decrecimiento de inversión de los negocios. Y para hacer eso (…) Alan Greenspan debe crear una burbuja inmobiliaria a fin de reemplazar la burbuja NASDAQ”.

Así, la referida tasa bajó de 6,25% a inicios de 2001 a 1,75% a fines del mismo año. Posteriormente fue reducida aun más en 2002 y 2003, llegando a un mínimo récord de 1% a mediados de 2003. Esta medida causó que las tasas de interés cobradas por los bancos a los consumidores finales se redujeran notablemente. En otras palabras, causó que el dinero estuviera “barato”. Este dinero barato se orientó en gran medida al mercado inmobiliario. Esto generó incentivos para endeudarse para comprar casas. Como todo el mundo compraba casas, el valor de éstas se iría siempre para arriba. Y se endeudó quien no se tenía que endeudar. Compró (e hipotecó) casas quien no podía pagarlas. Luego estos créditos hipotecarios, incluidos los tóxicos, fueron empaquetados y maquillados. Y lo que no debía ser rentable era rentable, porque el dinero estaba barato… y bueno, el resto es historia conocida.

En adición a los incentivos perversos generados por el FED puede sumarse también la ausencia de fiscalización por parte de agencias como la SEC de los pobres estándares contables que los bancos de inversión utilizaban para esconder los activos “tóxicos” en su poder. Este problema, atribuible tanto a las empresas como a una falencia institucional, es explicado por Hernando de Soto en este buen artículo publicado en Bloomberg: “The Destruction of Economic Facts” (“La destrucción de los hechos económicos”).

Esta otra parte de la historia es la que “La Gran Apuesta” no nos cuenta. Pero bueno, por eso es que no basamos nuestra visión de las políticas públicas en películas ni documentales, ¿no?

Corrección política ahora en los Oscares

La policía de la corrección política ahora tiene como blanco de su ira a los Oscares. Spike Lee –quien lidera junto a Jada Pinket Smith el llamado a boicotear la ceremonia de los famosos galardones que se realizará el 28 de febrero— considera que algo anda muy mal en Hollywood dado que de entre 40 actores nominados en dos años no hay ni uno solo que sea negro.

Un veretano de Hollywood con 40 años de carrera, Ben Stein, reacciona así:

“Aquí está la mejor broma que he escuchado en Hollywood: que la Motion Picture Academy es racista –racista en el sentido anti-negros– porque ninguno de los nominados para mejor actor o actriz este año son negros.

{…}

La búsqueda sin fin de todos en Hollywood es ser tan pro-negros, tan Políticamente Correctos cuando se trata de negros, como sea humanamente posible.

¿Por qué los nominados no reflejan a EE.UU.? ¿Qué significa eso? El punto es reconocer el talento, no la demografía. No hubo hispánicos o asiáticos nominados tampoco. La demanda de que la mera población sea reconocida en lugar del talento sería más apropiada para ubicar restaurantes de comida rápida que para reconocer el talento en la actuación”.

El comentario de Stein me recordó las recurrentes bromas de Larry David en su excelente serie Curb Your Enthusiasm acerca del fetiche en Hollywood con “ser tan Políticamente Correctos cuando se trata de negros, como sea humanamente posible”. Como también dice Stein, “La Academia ha reconocido a los actores negros no una sino muchas veces. Deberían hacerlo. Mi experiencia es que los hombres y mujeres negros son por lo menos igual de buenos para actuar que los actores blancos”.

Así es. Recuerdo los Oscares de años recientes y se me vienen a la mente los Oscares de de Denzel Washington, Halle Berry, Monique Angela Hicks, Jennifer Hudson, Forest Whitaker. Una muestra adicional de que la Academia no parece ser racista es que el conductor de los galardones este año es Chris Rock y sería una mala manera de promover la diversidad perjudicando el rating de un conductor que, independientemente de su raza, podría ser muy entretenido. Lo paradójico es que a quienes dicen no ser racistas parece importarles más la raza que la sustancia.

Al final del día, esto se trata de talento no de raza. Meter la raza en la decisión de quién se lleva la famosa estatua sería ser, precisamente, racista. Si le interesa este tema, no deje de leer también sobre cómo Jerry Seinfeld provocó la ira de la policía de la corrección política el año pasado.

Los diez mejores artículos de políticas públicas del 2015

Se me ocurrió en estas épocas de fin/comienzo de año hacer una de los 10 mejores artículos que leí en el año, en el rubro, claro está, de lo que solemos discutir por aquí: políticas públicas. Para ser claros, la lista podría llamarse “los artículos que más me gustaron” y no “los mejores”. Pero hay que poner un título que los haga cliquear, pues. La lista no tiene ningún orden de mérito.

Aparte de listar los artículos, incluyo un breve comentario con las principales ideas o lo que más me gustó de cada uno.

ADVERTENCIA: esta lista no es “plural”. La gran mayoría de artículos son de economistas liberales o libertarios. No esperen encontrar un balance con textos más “progresistas”.

Sin más, los artículos:

1. Alex Tabarrok: A Phool and his money (Un tonto y su dinero). Reseña del libro Phishing for Phools: The Economics of Manipulation and Deception de George A. Akerlof y Robert Shiller

Tabarrok, economista de George Mason University, critica duramente el libro de los premio Nobel de Economía Akerlof y Shiller no sólo por su falta de ideas novedosas –después de todo, muchos economistas han aceptado antes que las personas toman “malas decisiones” y que compran cosas que no necesitan–; sino porque parecen llegar a la conclusión de que todos somos “tontos” (aunque no se atreven a decirlo explícitamente, por eso usan el término “phool” y no “fool”, tonto en inglés) y que el engaño al consumidor es un elemento central de la economía capitalista.

Peor aún, Akerlof y Shiller no sopesan los costos y beneficios de las regulaciones que defienden para evitar estos “engaños” en el mercado.

2. Donald Boudreaux: Knowing Models vs. Knowing Economics. Economists need to be chefs, not recipe-followers (Conocer modelos vs. Conocer Economía. Los economistas deben ser chefs, no sólo seguir recetas)

Una “chiquita” a los economistas que se limitan a aplicar la misma receta (los mismos modelos) sin pensar críticamente: “consistentemente omiten preguntar la más importante de todas las preguntas que un economista debe preguntar: ‘¿en comparación con qué?’. Se olvidan de que los costos y beneficios monetarios son sólo una parte (y a veces una pequeña parte) de todos los costos y beneficios. Asumen, equivocadamente, que los costos y beneficios monetarios son todos los costos y beneficios relevantes”.

3. Del mismo Donald Boudreaux: On the Principles of Economic Principles (Sobre los principios de los principios económicos)

Boudreaux corrige aquí un comentario (que no llega a ser “sabiduría convencional”, pero he escuchado más de una vez) según el cual “no hay nada más peligroso que alguien que acaba de tomar su primera clase de economía”; implicando que los economistas que defienden posiciones de libre mercado ignoran “fallas de mercado” y otras “complejidades” que no son discutidas en las lecciones básicas de economía. Típica oposición a un argumento a favor de mercados más libres: “la vida real no es un modelo”.

Obviamente, eso es cierto. Y es cierto que muchas veces los economistas se olvidan (o los liberales nos olvidamos) de las fallas de mercado, de los problemas institucionales y otros. Pero no se sigue de ello que un conocimiento básico de la economía sea peligroso. Como en toda disciplina, es necesario conocer más y aproximarse más a la realidad para lidiar con problemas complejos. Como bien aclara Boudreaux, el peligro radica más bien la falta de conocimiento de principios económicos, como los casos del salario mínimo o en contra del libre comercio demuestran.

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El mercado no es un juego de suma cero

Un juego de suma cero es aquel donde la ganancia de unos es proporcional a la pérdida de otros. El fútbol, el ajedrez y el banco inmobiliario son juegos de suma cero donde para que uno gane, necesariamente otro tiene que perder. La guerra es otro juego de suma cero donde solo puede existir un victorioso si hay un derrotado, aunque más propiamente debemos considerar la guerra como un juego de suma negativa ya que ambos pierden.

No sucede lo mismo con el mercado donde por definición ocurren solo transacciones voluntarias. Un intercambio voluntario solo puede llevarse a cabo si ambas partes salen beneficiadas del mismo. Si alguna de las partes considerara que su bienestar empeoraría si hiciera un intercambio voluntario, simplemente no lo haría. Las personas vamos al mercado a aumentar nuestro bienestar mediante el intercambio. Si Juan le compra un kilo de tomates a Pedro por 1 dólar, significa que para Juan esos tomates tienen un beneficio superior a 1 dólar y para Pedro tienen un beneficio menor a 1 dólar. Ambos se benefician del intercambio. Si para Juan, ese dólar fuera más valioso que el kilo de tomates, pues no lo compraría; si para Pedro el kilo de tomates fuera más valioso que el dólar, pues no lo vendería. La transacción solo puede ocurrir si ambos están de acuerdo y ese acuerdo mutuo y voluntario solo puede ocurrir si ambos se benefician. Lo mismo sucede con otro tipo de mercados como son los laborales donde una persona solo estará dispuesta a trabajar si considera que el sueldo que recibe es mejor que la alternativa de no trabajar o buscar otro trabajo y un empleador estará dispuesto a contratar a alguien solo si considera que el sueldo que paga es inferior al beneficio que recibe del trabajo que contrata. La relación laboral no es un juego de suma cero, es de suma positiva donde ambas partes se benefician.

Existen argumentos debatibles para justificar la intervención del Estado como es el caso de las externalidades. Por ejemplo una empresa que contamina un río genera una externalidad negativa. También es debatible la intervención del Estado para bienes públicos o semipúblicos como la defensa nacional o las carreteras. Digo “debatible” porque economistas como los premio Nobel Ronald Coase y James Buchanan dirían que el mercado puede solucionar estos problemas si existen derechos de propiedad bien establecidos y que al evaluar la intervención del Estado, también hay que considerar los costos y las externalidades que el mismo Estado genera.

Santa Cruz de la Sierra, 28 de diciembre de 2015

Venezuela a 40 años de la estatización petrolera

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Juramentación de la primera directiva, 1976. El bloguero en segundo plano, con anteojos.

Lo que temíamos hace 40 años ya tiene comprobación histórica. En 1976 se tomó la decisión de estatizar la industria petrolera venezolana. En el intenso debate que precedió esa decisión expresamos nuestro temor porque esa decisión condujera al fracaso de esta industria. Quienes trabajábamos en la industria petrolera venezolana en ese momento pensamos que su politización en manos del estado sería inevitable. Sin embargo, en el momento de la decisión todos los gerentes de la industria permanecimos en ella porque, si bien no podíamos vetar la decisión, al menos podríamos hacer nuestro mejor esfuerzo para que la industria en manos del Estado se conservase eficiente.

Y por algunos años así fue. Gracias al concurso de los gerentes y del personal técnico de la industria. Gracias a los contratos de asistencia tecnológica y de comercialización con las ex-concesionarias, gracias al aporte de individuos excepcionales como Rafael Alfonzo Ravard y gracias también –-es justo decirlo-– al respeto hacia la gerencia por parte del sector político de la época, la industria petrolera en manos del estado se mantuvo en excelente forma por una década. Durante esa década se hicieron logros significativos en la racionalización operacional de la industria y en el cambio de patrón de refinación, se aumentaron las reservas probadas (y no por decreto) y se estabilizó la producción.

Hoy en día la industria petrolera venezolana está destruida. Material y moralmente destruida. Su destrucción ha sido presidida por un pequeño grupo de personas sin escrúpulos, motivados algunos por rencor, otros por el deseo de poder, los más por la obsesión de enriquecerse rápidamente. Son centenares los destructores pero los principales responsables son: Hugo Chávez Frías, Nicolás Maduro Moros, Rafael Ramírez Carreño, Jorge Giordani, Nelson Merentes y Ali Rodríguez Araque, asistidos por eminencias grises como Bernard Mommer. Este grupo pasará a la historia de la ignominia venezolana, del deshonor nacional.

Sin embargo, no perdamos la perspectiva. Es cierto que la etapa del chavismo en la presidencia, estos últimos 16 años, representó el golpe mortal, el “coup de grace” para la industria petrolera venezolana. Pero no es menos cierto que la industria petrolera en manos del estado ya andaba por el camino del deterioro y de la politización desde los inicios de la década de 1980, proceso que se acentuó durante la década de 1990. Comenzó de manera insidiosa, con la modificación de los estatutos de PDVSA para cambiar la naturaleza, competencias y duración de su Junta Directiva. Continuó con la designación de directores identificables por su afinidad con el partido de gobierno. Se manifestó abiertamente con la designación de un político como nuevo Presidente de la empresa, al salir Rafael Alfonzo Ravard. Llegó a ser irreversible con la pérdida de la auto-suficiencia financiera de la empresa. Esto ocurrió el 28 de septiembre de 1982, durante la presidencia de Luis Herrera Campins. Durante esos años el sector político llegó a pensar que cualquiera podía manejar a PDVSA, que los gerentes ganaban mucho dinero, y que ni siquiera eran de confiar, pues representaban los intereses de las ex-concesionarias. AD y COPEI, por boca de importantes líderes como Gonzalo Barrios o Hugo Pérez La Salvia se permitieron criticar duramente a los gerentes por dispendiosos y poco patriotas. El sector político intervino a PDVSA pero no para mejorarla sino para desmejorarla. Durante la década de 1990 PDVSA ya tenía exceso de personal. Estaba todavía en mejor situación que otras empresas estatales pero comenzaba a desmejorar en relación con las empresas internacionales con las cuales tenía que competir libremente en el mercado.

La dirección de la empresa en esos años lo comprendió así. Un estudio de la empresa McKinsey lo reveló con crudeza. Ello llevó a la decisión de modificar el modelo de empresas integradas y convertir a PDVSA en un grupo de “unidades de negocio” por especialidad: Exploración y Producción, Refinación, etc. En la práctica, sin embargo, ello llevó a PDVSA a convertirse en empresa única, mutando hacia un modelo que había sido un fracaso en México, en Argentina, en Bolivia, en Perú, en Indonesia. Ni siquiera tenía la posibilidad de tener acciones en la bolsa, como era el caso de Statoil o de Petrobras. Esa decisión representó una condena de muerte lenta, condena que fue transformada por Chávez en un fusilamiento televisado y por su posterior conversión en una empresa importadora de pollo y sembradora de yuca.

No hay satisfacción alguna en nuestro corazón al decir: lo advertimos en su momento. En 1974, 400 gerentes profesionales fuimos a Miraflores y le dijimos a CAP de frente: Ningún político deberá manejar a PDVSA. Esta recomendación duró en vigencia lo que duró CAP en el poder. Peor aún. La politización de la presidencia de PDVSA produjo eventualmente la politización de algunos de los gerentes profesionales, quienes advirtieron que las reglas del juego habían cambiado y que ahora ellos deberían ser melosos con el poder político para acceder al poder petrolero. Se repitió en el ámbito petrolero la misma historia de los militares que deseaban ser promovidos y se acercaban a Cecilia o a Blanca para “ganar puntos”.

Ahora tenemos una PDVSA irrecuperable. Esta empresa está más allá de la redención, está podrida hasta el tuétano. Habrá que reemplazarla por un modelo diferente de gestión. Esta decisión no será fácil porque, a pesar del fracaso de PDVSA, los mitos y dogmas de la estatización, del control absoluto del petróleo por parte del estado, permanecen vivos y coleando, aún en las mentes de los líderes políticos de las nuevas generaciones. Así lo decía Capriles en su campaña electoral: “Solo cambiaré una persona en PDVSA, el presidente”.

El petróleo, dijo un geólogo estadounidense, se encuentra en la mente de los hombres. Y así como el petróleo se encuentra en la mente de los hombres, su manejo eficiente también se encuentra en la mente de los hombres. Una industria petrolera en manos del estado para importar pollo y cultivar yuca es el equivalente petrolero del rancho en la cabeza de los venezolanos ignorantes. Es una variedad de la ignorancia que nos mantiene atrasados y hundidos en la desesperanza.

¿Podremos liberarnos algún día de estos mitos, de estas primitivas creencias, de este patrioterismo estéril, de esta retórica vacía sobre soberanía mal entendida? Lo que llamamos orgullo nacional, al tratar de manejar solos lo que no podemos manejar solos, es solo una manifestación de complejos de inferioridad. No tenemos necesidad de una línea aérea como CONVIASA, tan nacional como niche. No tenemos necesidad de una PDVSA que sea una vergüenza nacional. De lo que tenemos necesidad es de saber para qué servimos y para qué necesitamos a otros, saber quiénes somos y quiénes no somos, saber que la auto-suficiencia es un espejismo dañino para cualquier país.

En suma, necesitamos crecer.

Las mujeres y la libertad

En 1869 John Stuart Mill publicó The Subjection of Women, donde argumentada a favor de la total igualdad entre los sexos. En esos tiempos, tal propuesta era revolucionaria y muy contraria a las normas y costumbres en todo el mundo. Hoy la cultura occidental reconoce, aunque sea en teoría, que las mujeres tienen los mismos derechos que el hombre. Hoy, en el siglo XXI, tal proposición debería ser una verdad de Perogrullo. Sin embargo en muchos países, incluso de tradición occidental, muchas mujeres siguen sometidas a los designios del hombre, ya sea del padre o del esposo y tanto las normas sociales, como la legislación, hacen que las mujeres no gocen de todos los derechos que les corresponden.

Más triste aun es la situación del género femenino en culturas diferentes a la occidental, donde la mujer es privada de libertades civiles y políticas elementales. El islamismo por ejemplo, de la manera en que se practica en buena parte del mundo implica una negación de tales libertades. Aunque para ser justos, el catolicismo actual mantiene una discriminación odiosa entre el hombre y la mujer, tal discriminación no pasa de lo eclesiástico, mientras que en el islam traspasa a lo civil y político. Felizmente hay avances en el mundo y en Arabia Saudita las mujeres pudieron votar y postularse a cargos públicos por primera vez en la historia. Aunque todavía queda mucho por recorrer (en este país las mujeres no pueden manejar vehículos y deben pedir el permiso de sus maridos para todo), el voto universal es un gran avance.

En nuestra Latinoamérica, también hay razones para alegrarnos del rol del género femenino en la lucha por la libertad. En Venezuela, dos mujeres, Lilian Tintori y María Corina Machado, han jugado un rol fundamental en la defensa de los valores liberales y han contribuido a frenar seriamente las aspiraciones totalitarias del liberticida régimen chavista.

Finalmente, si una persona es inepta, impostora y fascista, uno no tiene por qué hacer miramientos en defender las ideas liberales contra tal persona, aunque sea mujer. Por tal motivo también me alegro por la señora Cristina Fernández de Kirchner que terminó su paupérrima gestión como presidente de Argentina. Espero que vaya a disfrutar los millones de dólares de patrimonio que acumuló durante las presidencias de ella y su esposo y le haga el favor a los argentinos de no volver a postularse.

Santa Cruz de la Sierra, 14/12/15

¡Feliz Navidad!, así no sea cristiano

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Un dato curioso que nos relata Johan Norberg en el video enlazado abajo (en inglés) es que la Navidad se inició como una tradición pagana de mediados de invierno, tradición mediante la cual “la tradición romana de darse regalos se popularizó a lo largo de toda Europa, y eventualmente también se popularizó la alabanza a los árboles. Esta celebración era tan popular que la Iglesia Cristiana la convirtió en la celebración del nacimiento de Jesús”.

Norberg agrega que “Santa Claus fue originalmente una mezcla de dos personajes distintos, el Tomte del folclor escandinavo; un diminuto y un tanto gruñón protector de la hacienda, con una larga barba blanca y algunas veces un gorro rojo. Y el caritativo Saint Nikolaus, de la actual Turquía. Los holandeses lo llamaban Sinterklaas y los inmigrantes en EE.UU. –ellos lo trajeron a EE.UU., donde su nombre fue cambiado– Santa Claus. Allí él también obtuvo su tradicional traje rojo en los comerciales de Coca Cola de la década de 1930”.

De manera que no hay por qué ofenderse cuando le digan “¡Feliz Navidad!”, aún así usted no sea cristiano. Norberg concluye que “La Navidad es una celebración de la alegría que cada cultura convierte en suya con algunas adiciones únicas”. Dicho esto, ¡Feliz Navidad!