¿Se busca reemplazo para el dólar?

El proyecto de dinero electrónico empezó a ejecutarse en el 2012. Desde entonces han existido diversas regulaciones y reformas que han ajustado el modelo a los requerimientos del Gobierno. Dos años después la legislación al respecto sigue siendo débil y los riesgos se han acentuado. Todo apunta a que el Gobierno busca consolidar no solo una forma de financiamiento sino un sistema monetario paralelo o nuevo. Ahora lo llama ℮fectivo.

¿En qué consiste? En entregar al Banco Central del Ecuador (y ahora a los bancos y telefónicas que deseen ofrecer el servicio) dólares reales que serán acreditados en una cuenta personal o monedero electrónico. La cuenta podrá utilizarse desde cualquier teléfono celular.

¿Para qué sirve y cómo se usa? Para pagos, envíos y transferencias. Se usa por medio de un sistema USSD[1]. Es decir, a través de mensajes vía celular.

¿Dónde se puede usar? En los establecimientos y con los usuarios que acepten este tipo de pagos y posean cuenta de dinero electrónico. Puede revisar la lista aquí.

A pesar de que técnicamente la idea del dinero electrónico es muy buena[2], y los beneficios y usos muy atractivos, el esquema propuesto en Ecuador preocupa. El problema de fondo es que la administración del sistema está en manos del Banco Central del Ecuador (BCE). Situación que se agrava con su débil institucionalidad y la crisis de confianza (y de liquidez) que atraviesa el régimen.

La realidad es que el BCE no ha sido un buen administrador. En un artículo anterior comenté sobre lasTravesuras del Banco Central en dolarización. Básicamente expuse cómo, a través de las nuevas disposiciones legales patrocinadas por el Ejecutivo, el BCE utiliza los recursos de sus depositantes (banca privada, banca pública, gobiernos seccionales, IESS, etc.) para financiar al Gobierno Central. Además, y más grave, cómo y por qué traslada el riesgo financiero del Gobierno al sistema financiero privado al tomar el dinero de las reservas bancarias para realizar préstamos al régimen. La situación ha empeorado desde entonces. El BCE ha prestado más de $1.500 millones al Gobierno y ha utilizado las Reservas Internacionales al punto que ya no cubren los depósitos del sector público y parte de las reservas bancarias. Por eso, el principal riesgo de que el BCE administre el dinero electrónico es que no reserve el 100% de las captaciones sino que en su defecto las use para financiar las arcas públicas.

¿Pero qué buscaría el Gobierno? Muchos monederos electrónicos y una chequera fiscal. Entre más usuarios gane la moneda virtual, más efectivo recaudará el BCE. Luego, con el uso masivo del dinero electrónico se legitimaría a sí mismo para utilizarlo para sus pagos a proveedores y servidores públicos. Eso le facilitaría la expansión del gasto público sin mucha necesidad de financiamiento sino a través de la “emisión monetaria” de dinero electrónico, algo que no puede hacer con el dólar americano. En otras palabras, a solicitar dinero electrónico al BCE sin o con poco respaldo en dólares. Por esa razón es que el oficialismo se ha valido de la legislación recientemente aprobada para introducir mecanismos e incentivos al uso del dinero electrónico. Sin embargo, lograr esto podría requerir algún tiempo. Pues tras cuatro años de implementación solo existen unos 66.000 usuarios que juntos no superan los $800.000 en total. Aquí es cuando toma sentido que en la Ley del Terremoto se haya dispuesto la liberación por un año de toda restricción del BCE para emitir dinero electrónico.

Por eso el dinero electrónico administrado por el BCE es un verdadero peligro para la dolarización. Si lo dicho anteriormente se cumple, es muy peligroso que las autoridades gubernamentales puedan “emitir” dinero sin respaldo para financiar las actividades del Estado. Pues si lo que el Gobierno busca es mantener el excesivo gasto público (que ya es insostenible) por esta vía, no pasará mucho tiempo para que los dólares no alcancen para cubrir todo el dinero electrónico que se haya emitido. Cuando eso pase nadie querrá los dólares electrónicos sino los reales, los verdes. Entonces dejaremos de recibir dólares cuando queramos cambiar el dinero virtual por el real, el BCE tendrá que imprimir el dinero electrónico para poderlo entregar a sus dueños, tendremos una nueva moneda devaluada y el Gobierno podrá seguir gastando. Volveríamos al sucre. El resto ya lo saben: inflación, deudas multiplicadas, costo de vida disparado, pobreza, etc.

Por eso, si de verdad el objetivo es la bancarización, y dadas las actuales condiciones económicas y políticas, lo más razonable sería promover la adopción de dinero virtual sin injerencia estatal. En Perú por ejemplo, el dinero electrónico solo puede ser emitido por el sistema financiero y administradoras de fondos privadas[3]. De lo contrario es inaceptable y la única opción prudente sería eliminarlo.

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[1] Para una mejor comprensión, el sistema USSD es el mismo que usan las telefónicas para brindar servicios como consulta de saldos, transferencia de saldos, etc. En Claro por ejemplo es el *123# y en Movistar el *120#.

[2] Bill Gates Says Cellphones Are The Key To Solving Poor People’s Banking Problems, Business Insider.

[3] Ley del dinero electrónico, Banco Central de Reserva del Perú.

 

Este artículo fue publicado orignalmente en Panchonomics (Ecuador) el 20 de mayo de 2016.

La receta legislativa exacta para destruir el empleo

*artículo escrito en colaboración con Garret Edwards.

El mercado laboral argentino parece no tener respiro alguno ante tanto manoseo político. El pasado 27 de abril, por un lado, la oposición argentina dio media sanción en el Senado a un proyecto de ley que prohíbe los despidos y suspensiones sin justa causa por 180 días y, a su vez, establece un sistema de doble indemnización, declarando emergencia ocupacional por el mismo período. Por el otro, quizá más encaminado a una solución razonable, el actual Presidente Mauricio Macri presentó el programa “Primer Empleo” para promover la ocupación en jóvenes de 18 a 25 años. Sin embargo, en la mayoría de las propuestas gubernamentales el común denominador es la fuerte presencia del Estado como árbitro económico. Ahora bien, cabe preguntarse si un país con mayores regulaciones laborales es condición necesaria y suficiente para garantizar el éxito del mercado laboral, entendido éste como la creación de empleo genuino, calificado y de largo plazo.

Mientras se discuten las cifras de destrucción del empleo, éste sigue sin crearse, aunque desde el gobierno aseguran que no es tal la devastación masiva. Si bien el macrismo, en un intento de achicar la elefantiasis burocrática (heredada del kirchnerismo) desvinculó a miles de personas de la Administración Pública, las medidas llevadas a cabo dan la impresión de estar cada vez más lejos de aquellas recomendaciones que el mercado sugiere. No obstante, un relevamiento de la consultora Manpower concluyó que no habrá creación de puestos de trabajo hasta junio y que ya suman 107.000 los despidos denunciados por sindicatos en lo que va del año.

Está claro que la herencia dejada por la anterior Administración no tiene precedentes, y que las medidas aplicadas por el nuevo gobierno no estarían acertando en incentivación de la producción y la flexibilización del mercado laboral. Por el contrario, el foco, hoy por hoy, está puesto en seguir asfixiando al empresariado con mayores trabas, rigideces y presiones impositivas, cuando la clave está en promover la inversión a través de incrementos en la productividad.

Es probable que el Presidente Mauricio Macri se vea obligado a vetar la que ha dado en conocerse, equivocadamente, como ley antidespidos, cuyos efectos macroeconómicos podrían estar lejos de ser positivos. Aunque, de aprobarse, obturará con un candado las chances de generar nuevos puestos laborales genuinos, dificultando el acceso al trabajo para aquellos que deseen insertarse o reinsertarse al mercado.

Así lo sostiene Alberto Benegas Lynch (h): “No son pocos los argentinos que han comprendido, después de larga y amarga experiencia, que el sistema laboral ‘populista’ no brinda protección sino desempleo, que no brinda ’beneficios laborales’ sino costos y que cierra las puertas a las oportunidades de progreso personal”.

Además del impacto nocivo que esta nueva legislación podría tener sobre el mercado laboral, no puede soslayarse el hecho de que las inversiones proyectadas, algunas anunciadas y otras por anunciarse, se encuentran, lógicamente, paralizadas ante la inseguridad jurídica que el ordenamiento jurídico actual y futuro provee. Casi como una aplicación práctica de una modificada máxima sarmantiniana: las inversiones son amigas de las instituciones, y rehúyen del desorden.

De los creadores del cepo cambiario nos llega, entonces, su secuela: el cepo laboral. Siguiendo la tesis de Bernard Mandeville sobre los efectos inesperados, una ley puede tener fines loables, como la supuesta protección de los trabajadores (recalcando lo de supuesta), buenas intenciones, aunque se esté profundamente equivocado en los métodos, y no tener en cuenta que no pueden mensurarse todos los desenlaces y consecuencias de su puesta en marcha. Por si ello no fuera suficiente, las leyes no nos pueden resolver la vida mágicamente, ya que ello sería creer en arcanos, en cuestiones de rigor místico. De funcionar las leyes de esa forma, se habría aprobado hace varios años una ley anti-inflación, y tendríamos una economía como corresponde.

Pretender burlarse del mercado de esta manera resulta bastante torpe. El único desenlace de una norma como la referida es crear una barrera adicional para la integración de las personas socialmente más vulnerables, desde que nadie estaría dispuesto a contratar personal si se dobla el costo de despido o si resulta inviable la desvinculación. De la misma forma, funcionaría como incentivo para el crecimiento del mercado informal y del trabajo clandestino y/o deficientemente registrado. En definitiva, estas medidas solo aumentan los costos para aquellos que se encuentran fuera del mercado, disminuyendo la demanda de trabajo y favoreciendo la sustitución de trabajo por capital. Por ende, si el objetivo es atraer inversiones para la reactivación económica y salir del pozo en que el populismo hundió al país durante doce años, será fundamental dejar de cavar.

Soluciones mágicas

Seguimos buscando soluciones mágicas y de corto plazo a problemas sumamente complejos y que vienen gestándose desde hace años producto de la mala administración y despilfarro político. Aprobar una ley antidespidos no solo encarecerá el costo de contratar nuevos empleados frenando así la creación de nuevos puestos de trabajos, sino que también destruirá capital, aumentará el desempleo y discriminará en contra de los menos calificados. Resulta necesario mover el eje de la discusión y poner la mirada en el largo plazo. Argentina debería buscar la forma de atraer nuevos capitales del exterior, dar un respiro fiscal a las empresas para que vuelvan a invertir y establecer reglas de juego claras. Es así como aumentará y mejorará la calidad del empleo.

 

Este artículo fue originalmente publicado en Cartas de Lectores en La Capital (Argentina).

Contra el “liberalismo brutal”

El proceso electoral despierta, debido a su polarización, lo peor de los peruanos. Racismo, clasismo y, en general, desprecio por “el otro” –que no reconocemos como igual–, son pan de cada día. Son ignorantes los votantes de izquierda; son ignorantes los votantes del sur; son ignorantes y/o corruptos los votantes del fujimorismo.

Web MZ post Liberalismo

Mucha de esa polarización se ha centrado en la superioridad de la economía de mercado sobre el socialismo (o viceversa), y en esa disputa también han proliferado las descalificaciones. Gente de todos los “bandos” ha caído en ese lamentable juego; pero personalmente me preocupa que varios autodenominados liberales lo hayan hecho, mostrando escasa o nula empatía por quienes reclaman una mayor intervención del Estado en la economía; o simplemente mayor Estado en funciones que incluso la ideología liberal reconoce. Se ha llegado a tildar a los votantes de izquierda de “ignorantes”, de querer un “puestito” en el gobierno, de “vagos”, de “anti-sistema”, de “comunistas” y hasta de “terrucos”.

Aunque creo firmemente en la superioridad de la economía de mercado sobre el socialismo como sistema de asignación de recursos; el liberalismo tendrá siempre una gran desventaja, sobre todo en un país como el nuestro, si no es empático (y en los izquierdistas uno generalmente sí encuentra empatía); y si no conecta con nuestra realidad.

Hace algunos meses, Jeffrey Tucker publicó un genial ensayo contra el “libertarismo brutal” (“Against Libertarian Brutalism”)[1] en el que, valiéndose de una analogía con una corriente arquitectónica (el “brutalismo”), critica al liberalismo que “reduce la teoría a sus más crudas y fundamentales partes, y aboga por la aplicación de esas partes en primer término. Pone a prueba los límites de la idea al deshacerse de toda elegancia, refinamiento, gracia y equipamiento. No le importa la causa mayor de la civilidad ni la belleza del resultado”[2].

Yo diría, en términos más simples que los de Tucker, que ponemos la idea por encima de las personas (sobre todo, de “el otro”); lo cual le quita todo el mérito a toda idea y a todo sistema de organización político o económico de la sociedad. Da la impresión, a juzgar por ciertas opiniones y comentarios, de que algunos liberales lo son no porque piensan que la economía de mercado nos conduce a una mejor sociedad; sino porque quieren proteger su propio status, incluso si eso implica aceptar situaciones injustas de pobreza, discriminación y desigualdad extrema.

No es este, por cierto, un llamado a un liberalismo que comprometa sus principios (la coherencia es importante, finalmente), pero sí a uno que sea empático, humilde y abierto a adoptar soluciones de compromiso.

El liberalismo debe ser empático. No sólo por razones elementales de decencia humana; sino porque eso ayudará a hacer su mensaje más sólido. Se me ocurre, por ejemplo, que al discutir el tema de la remuneración mínima vital, no basta explicar que genera desempleo o informalidad. Eso puede ser y es percibido como un mensaje que “toma más en cuenta los números que a la gente”. Hay que explicar que si se está en contra o se pide cautela al regular el sueldo mínimo es porque precisamente afecta a los más pobres, cerrándoles la puerta del mercado laboral. Los liberales debemos dejar claro que nos importa “el otro”.

El liberalismo debe ser humilde, incluso cuando sepamos (digo, cuando sea el caso, que no siempre lo es) más que el otro de economía o de políticas públicas. No olvidemos que uno de los argumentos para apostar por un sistema de libre intercambio tiene que ver precisamente con nuestra ignorancia sobre las necesidades y preferencias subjetivas del individuo. En palabras de Hayek (The Case for Freedom), “la posición en defensa de las libertades individuales descansa principalmente en el reconocimiento de nuestra inevitable ignorancia en lo que respecta a muchos de los factores de los que depende la consecución de nuestros objetivos y nuestro bienestar[3]. Esto implica aceptar (y saber explicar) que las soluciones liberales no conducen a un estado ideal de las cosas (ningún sistema lo hace), y que los mercados perfectos no existen. Esto implica, además, aceptar que en ocasiones las intervenciones en el mercado se justifican y hasta funcionan bien.

El liberalismo debe ser abierto a soluciones de compromiso. Debemos dejar claro, para empezar, que nos importan la democracia y las instituciones, y que respetamos los acuerdos a los que se llega en democracia incluso cuando se aparten del “modelo” liberal. Debemos dejar claro no estamos dispuestos a adoptar “atajos” hacia una sociedad más liberal. No podemos ser lo que Mario Vargas Llosa llama “logaritmos vivientes”, “dispuestos a hacer tales concesiones en el campo político a la extrema derecha y al neofascismo que han contribuido a desprestigiar las ideas liberales y a que se las vea como una máscara de la reacción y la explotación[4].

Por otro lado, como bien apunta Tyler Cowen, debemos aceptar que muchas veces la batalla por la libertad trae consigo, paradójicamente, más Estado[5]. Hay que aceptar que a veces las reformas liberales vienen “en paquete” con otras que no encajan en el recetario; o que a veces implican crear derechos o intervenciones estatales que en abstracto no nos parecen necesarias ni ideales[6].

Si no adoptamos estas tres actitudes, los liberales estaremos destinados a no salir de debates poco fructíferos y, por ende, a no avanzar la causa liberal. Estaremos, además, destinados a ser etiquetados como egoístas, individualistas o, peor aun, brutos.

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[1] No trataré en este post las diferencias entre liberalismo y libertarianismo. Baste por ahora aclarar que el análisis planteado por Tucker aplica también a los liberales.
[2] Traducción libre del siguiente texto: “It strips down the theory to its rawest and most fundamental parts and pushes the application of those parts to the foreground. It tests the limits of the idea by tossing out the finesse, the refinements, the grace, the decency, the accoutrements. It cares nothing for the larger cause of civility and the beauty of results”.
[3] Traducción libre del siguiente texto: “The case for individual freedom rests chiefly on the recognition of the inevitable ignorance of all of us concerning a great many of the factors on which the achievement of our ends and welfare depends”.
[4] VARGAS LLOSA, Mario. Liberales y liberales. Diario El País, 25 de enero de 2014. Disponible en:http://elpais.com/elpais/2014/01/24/opinion/1390564257_262878.html
[5] COWEN, Tyler. The Paradox of Libertarianism. 11 de marzo de 2007. Disponible en: http://www.cato-unbound.org/2007/03/11/tyler-cowen/paradox-libertarianism
[6] Se me ocurre, por ejemplo, el caso del matrimonio igualitario. Aunque lo ideal es que el Estado no regule el matrimonio, dado que lo regula para las parejas heterosexuales es necesario que lo regule también para las parejas homosexuales a fin de brindarles igualdad ante la Ley y la posibilidad de desarrollar su proyecto de vida más libremente.

Este artículo fue publicado orginalmente en el blog de Mario Zúñiga (Perú) el 26 de abril de 2016.

Microeconomía: ¿Qué estudiamos? Cómo actúan y deciden personas reales, no el homo economicus

Con los alumnos de Omma Madrid en la materia de Microeconomía leemos a Mises en “La Acción Humana”, capítulo IV donde define precisamente eso que da título a su obra pero, en definitiva, define lo que estudia la economía. Mucha gente cree que los economistas se ocupan de “cosas materiales”, como el dinero o la producción de bienes. Otros, ya economistas, creen que se refiere a decisiones que toma la “sociedad”, como si ésta existiera como un ser con vida propia:

“La economía es el estudio de la forma en que las sociedades deciden qué van a producir, cómo y para quién con los recursos escasos y limitados” (Stanley Fischer, Rudiger Dornbusch & Richard Schmalensee, Economía, 2a. edición (Madrid : McGraw-Hill, 1989), pág. 3).

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Mises, por el contrario, sostiene que la praxeología (nombre que él daba a la ciencia de la acción humana de la que forma parte la economía)… “no se ocupa propiamente del mundo exterior, sino de la conducta del hombre ante las realidades objetivas. La teoría económica no trata sobre cosas y objetos materiales; trata sobre los hombres, sus apreciaciones y, consecuentemente, las acciones humanas que de ellas se derivan. Los bienes, mercancías, la riqueza y todas las demás nociones de la conducta, no son elementos de la naturaleza, sino elementos de la mente y de la conducta humana. Quien desee entrar en este segundo universo debe olvidarse del mundo exterior, centrando su atención en lo que significan las acciones que persiguen los hombres.”

“La praxeología y la economía no se ocupan de cómo deberían ser las apreciaciones y actuaciones humanas, ni menos aún de cómo serían si todos los hombre tuvieran una misma filosofía absolutamente válida y todos poseyeran un conocimiento pleno de la tecnología. En el marco de una ciencia cuyo objeto es el hombre, víctima con frecuencia de la equivocación y el error, no hay lugar para hablar de nada con ‘vigencia absoluta’ y menos aún de omnisciencia. Fin es cuanto el hombre apetece; medio, cuanto el actor considera tal.

Compete a las diferentes técnicas y a la terapéutica refutar los errores en sus respectivas esferas. A la economía incumbe idéntica misión, pero en el campo de la actuación social. La gente rechaza muchas veces las enseñanzas de la ciencia, prefiriendo aferrarse a falaces prejuicios; tal disposición de ánimo, aunque errada, no deja de ser un hecho evidente y como tal debe tenerse en cuenta. Los economistas, por ejemplo, estiman que el control de los cambios extranjeros no sirve para alcanzar los fines apetecidos por quienes apelan a ese recurso. Pero bien puede ocurrir que la opinión pública se resista a abandonar el error e induzca a las autoridades a imponer el control de cambios. Tal postura, pese a su equivocado origen, es un hecho de indudable influjo en el curso de los acontecimientos. La medicina moderna no reconoce, por ejemplo, virtudes terapéuticas a la célebre mandrágora; pero mientras la gente creía en ellas, la mandrágora era un viene económico, valioso, por el cual se pagaban elevados precios. La economía, al tratar de la teoría de los precios, no se interesa por lo que una cosa deba valer para quien la adquiere; nuestra disciplina analiza precios objetivos, los que efectivamente la gente estipula en sus transacciones; se desentiende totalmente de los pecios que sólo aparecerían si los hombre no fueran como realmente son”.

Este artículo fue publicado originalmente en El Foro y el Bazar (Guatemala) el 3 de mayo de 2016.

Solidaridad y voluntad

Luego de que Ecuador sea sacudido por un desastre natural inmisericorde y sin conocer aún sus consecuencias más allá del temor, muertes y un profundo daño en la infraestructura de ciudades y pueblos enteros, hay algo que ha sobresalido de entre la adversidad: la solidaridad. La sociedad civil, entendida como las familias, organizaciones religiosas, organismos no gubernamentales y empresas privadas, no tardaron en hacer llegar recursos y voluntarios a la zona afectada. La respuesta espontánea de los ecuatorianos nos ha recordado el verdadero significado de la palabra.

Aunque por años el término estuvo asociado al estado de bienestar y confundido con la subsidiariedad, la solidaridad es una virtud inherente al ser humano que busca cambiar para bien la vida del prójimo.

El terremoto de Haití que golpeó severamente a ese país en el 2010, sirve como ejemplo de la espontánea solidaridad humana: horas después de ocurrida la catástrofe, los haitianos participaron en los esfuerzos humanitarios, ayudando directamente a las poblaciones y trabajando con las organizaciones de ayuda. De la misma forma, numerosas empresas proporcionaron bienes, servicios y asistencia técnica para ayudar a través de acuerdos comerciales y probono. Empresas de telefonía móvil, de tecnología y servicios financieros trabajaron juntos para proporcionar, recibir y procesar información, para crear nuevas plataformas de transferencia de recursos e incluso para canalizar la información de las organizaciones humanitarias a las personas afectadas por el desastre y solicitar información de aquellos con necesidades.

El pensador y economista estadounidense Thomas Sowell, en su libro Economía básica, señala que la sociedad civil por su naturaleza actúa más rápido y mejor cuando se trata de desastres naturales y, por el contrario, los intereses políticos pueden incluso retrasar la ayuda a las víctimas. Un ejemplo de ello es cuando hubo miles de muertes como consecuencia de un ciclón que golpeó a la India en 1999: el Gobierno informó en la prensa que no estaba dispuesto a solicitar ayuda a los organismos internacionales por el temor de que esto sería visto como admitir la insuficiencia del propio gobierno. El resultado fue que muchos pueblos se quedaron sin ayuda e información hasta dos semanas después de la catástrofe.

Finalmente, el caso de Chile es alentador. La sociedad civil jugó un rol fundamental en las iniciativas de reconstrucción luego del terremoto y tsunami de inicios del 2010. Instituciones como Un techo Para Chile, la Asociación de Guías y Scouts de Chile y la Confederación de Estudiantes de Chile aportaron de manera crucial a través del voluntariado e incluso ayudaron directamente en la construcción de las viviendas de emergencia. Además de estas instituciones, la empresa privada y sus intereses en el área afectada agilitaron la reconstrucción.

Contrario a los gobiernos y clase política, que tienen una agenda y votos que tomar en consideración de sus acciones, la ayuda proveniente de la sociedad civil es ágil, eficiente pero sobre todo voluntaria, con la más pura finalidad de aliviar al prójimo.

Es muy probable que el 16 de abril de 2016 pase a la historia como el día que en ocurrió uno de los desastres naturales más calamitosos de la historia de Ecuador, pero también como el día en que la sociedad civil se levantó y unió en solidaridad con las víctimas y damnificados. Por voluntad propia.

Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 25 de abril de 2016.

Condonación de deudas y cierre de calles

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Mientras que miles de personas honestas y trabajadoras se esmeran por un mejor porvenir sin perjudicar a terceros, un grupo de manifestantes en estos días se han hecho dueños de Asunción cerrando las calles a su antojo y capricho impidiendo el libre tránsito, una clara garantía constitucional. El estado por medio de la policía ha abdicado de su función principal, la de resguardar la seguridad, dejando además de lado el principio de igualdad ante la ley. Esto no está bien.

Vemos la exacerbación de los ánimos para hacer valer por medio de la fuerza pretensiones –como la condonación de deudas– que sumirá al país en un descalabro no solo político económico sino también moral, puesto que de darse este antecedente, sus efectos hará cambiar definitivamente principios de libertad, justicia y responsabilidad por los propios actos. Mientras tanto, los símbolos de viejas ideas fracasadas que llevan la hoz y el martillo del Partido Comunista que tanto daño causaron a millones de personas en el mundo empiezan a recorrer las calles azuzando el miedo, la intolerancia y el odio hacia la sociedad libre. Paraguay no debe caer presa de esta dañina tendencia.

Para que ello no ocurra, el Congreso en la que se encuentran los representantes del pueblo debe rechazar la antojadiza e injusta pretensión de los manifestantes de condonar las deudas por los préstamos en las que han asumido responsabilidad. Todas las personas deciden por sí mismas acerca de cómo disponer sobre su futuro, y ciertamente es una tarea difícil al momento de tener que asumir responsabilidades; sin embargo, y luego de haber hecho uso del dinero prestado no es justo ni mucho menos reporta un bien para la sociedad que solicite se perdone la deuda como si la misma haya sido objeto de un regalo o una dádiva en especial que no tiene origen.

Por supuesto que aquí nada hay de regalo porque sencillamente nada es gratis como parece así lo entienden los que pretenden se les condone sus deudas. Esos préstamos en realidad es un dinero contante y sonante que no ha caído de los árboles como por arte de magia; proviene del ahorro, el trabajo y la inversión de todos los ciudadanos que pagan sus impuestos, ya sean contribuyentes de hecho o de derecho, entre los que se encuentran los más pobres y necesitados de este país que ni siquiera –vaya paradoja– no han accedido a ningún préstamo pese a que de ellos también salio ese dinero y que ahora (si se aprueba la condonación) también deberán cargas sobre sus espaldas una nueva deuda sin haber percibido ni un solo guaraní.

No solo sería ciertamente política y económicamente equivocada la decisión del Congreso de condonar la deuda de los campesinos que así hoy lo solicitan. Sería además absolutamente inmoral puesto que los congresistas no tienen la potestad de perdonar deudas para luego cargarlas sobre otras personas. Igualmente también sería una grave decisión la condonación por cuanto que una cuestión así traería aparejada un precedente nefasto debido a que también miles de personas en difícil situación financiera tendrían el mismo seudo derecho invocado por los manifestantes.

La pretendida condonación de deudas que tiene como motor la imposición de la fuerza que los manifestantes utilizan en contra de la ciudadanía honesta y trabajadora de este país debe ser rechazada en el Congreso sin más trámite que la de hacer valer principios morales de honestidad y responsabilidad por los propios actos; los cuales además de las cuestiones político económicas, son la base de la sociedad a la que aspiramos en libertad, justicia e igualdad ante la ley.

¿Por qué tantos intelectuales rechazan el capitalismo?

Un tema interminable es la proclividad de los intelectuales para defender sistemas políticos erróneos y apoyar regímenes totalitarios. Sartre fue un fan de la Unión Soviética incluso cuando los abusos del sistema comunista eran conocidos por todos. García Márquez mantuvo una amistad con Fidel Castro, uno de los mayores tiranos de Latinoamérica.

A menudo nos gusta pensar que los intelectuales están por encima del resto de los mortales: en imparcialidad, en inteligencia, en conocimiento, en humanidad, en humildad. Lo cierto es que los intelectuales, como cualquier mortal tienen defectos, les cuesta reconocer y rectificar errores, no son expertos en todas las áreas del conocimiento, pueden ser proclives al adulo y la lisonja y no están exentos de disfrutar de los placeres terrenales.

Jesús Huerta de Soto (un intelectual), citando a Bertrand de Jouvenel (otro intelectual), da 3 razones al por qué los intelectuales en una gran proporción rechazan el sistema de libre mercado: 1) por ignorancia, 2) por soberbia y 3) por resentimiento y envidia.

La ignorancia no debe ser tomada en un sentido peyorativo. Todos somos ignorantes en la mayoría de las áreas del conocimiento. Un poeta puede ser un completo ignorante en matemáticas, un matemático puede ser un ignorante en neurología, un neurólogo ser un ignorante en gastronomía y un chef ser un ignorante en filosofía. La ciencia que estudia el mercado es la economía e incluso la economía tiene muchas ramas lo que hace que los economistas también sean ignorantes de la totalidad de las áreas de esta ciencia social. Los intelectuales en su mayoría no entienden la economía y sus ideas políticas están más influenciadas por sus pasiones que por conocimiento.

Los intelectuales a menudo cometen la soberbia de creerse superiores a los demás y por tanto capaces de decidir mejor que el resto de la sociedad lo que le conviene a toda la sociedad. Es lo que Hayek llamó “la fatal arrogancia”.

Y los intelectuales, cegados por su ignorancia de los procesos de mercado y su soberbia intelectual, caen en el resentimiento y la envidia al ver que apenas se ganan la vida haciendo poemas que nadie quiere comprar mientras un vende pollos se llena de dinero. Consideran injusto que un empresario que vende lo que la sociedad demanda gane más que él que tiene una inteligencia superior.

Yo añadiría una cuarta razón: la conveniencia. A los intelectuales les puede convenir ser anticapitalistas para ser parte del discurso popular, para decir ser parte del pueblo, para conseguir la subvención del Estado y tener el adulo de los tiranos.

Impresiones sobre los Papeles de Panamá

La prudencia es uno de los cuatro valores cardinales. Algunos la definen como “la capacidad de analizar y comprobar información antes de tomar una decisión, evaluando sus consecuencias”. Ciertamente todos en la vida hemos pecado de imprudentes, saltando a conclusiones, señalando culpables y exigiendo cuentas de manera precipitada. Pero se supone que con los años –y las lecciones que nos da la vida– aprendemos la virtud de ser prudentes y de meditar bien nuestras acciones. Esta semana, con las revelaciones de los Papeles Panamá, es un buen momento para ejercer la prudencia.

Me referiré aquí exclusivamente a las revelaciones que tienen que ver con nuestro país, ya que el espacio no da para comentar el alcance mundial de la filtración de todos los documentos de la firma panameña Mossack Fonseca. Pero incluso si nos limitamos a Tiquicia, hay mucho que comentar.

Imprudencia de medios de comunicación: A dos medios de comunicación nacionales se les confió la publicación en Costa Rica de los documentos filtrados: Semanario Universidad y AmeliaRueda.com. Según el primero, desde hace 5 meses vienen trabajando en la información (74.958 documentos), por lo que cualquier impertinencia cometida a la hora de publicar la noticia no se le puede achacar a la premura. Lamentablemente el Semanario Universidad, ya sea por torpeza o por agenda política, desde un inicio incurrió en publicaciones tendenciosas cuyo resultado ha sido atizar una cacería de brujas.

Su nota principal “Empresarios y banqueros de Costa Rica refugian fortunas en paraísos fiscales“, cita a un gran número de personas (encabezados por Otto Guevara, obvio) que “aparecen” en los documentos. Pero de primera entrada el periódico no aclara en qué calidad es que estos individuos son mencionados. A partir de la publicación el domingo en la tarde, los descendientes criollos de Robespierre salieron a las redes sociales a demandar la cabeza de los implicados. Conforme han pasado las horas, y más por iniciativa de las personas aludidas que por los oficios del Semanario, hemos descubierto que muchos de estos individuos no participaron en ningún negocio turbio ni mucho menos ilícito. En algunos casos son mencionados simplemente porque iban copiados en alguna comunicación, o porque sus nombres aparecían en un papel membretado.

Lo que pudo ser una investigación interesante sobre evasión fiscal en Costa Rica, degeneró en una operación de embarre con ribetes ideológicos y políticos. Está muy claro.

Hacer negocios en Panamá no es un crimen: Para poner en perspectiva, la filtración revela el modus operandi de un bufete en Panamá dedicado a crear sociedades anónimas en el extranjero. Por lo que nos estamos enterando, en algunos casos se trataba de negocios perfectamente legítimos, en otros casos había un interés claro por eludir impuestos y en otros la intención sí era abiertamente evadirlos.

Sin embargo, la reacción ha sido ver con ojos de criminal a cualquier persona que tenga cuentas, sociedades y negocios en Panamá. Para ello debemos tener presente que dicho país no solo es nuestro vecino geográfico, sino que es un importante socio comercial con el que intercambiamos aproximadamente $800 millones en bienes y servicios cada año. Es imposible mantener una relación comercial de esta envergadura sin que coterráneos nuestros utilicen el sistema financiero y legal panameño.

Por eso, mantengamos la perspectiva (y la cordura).

(seguir leyendo)

Argentina: quiero ver el plan económico

Desde la asunción el 10 de Diciembre de 2015 el gobierno se dedicó con absoluta razón y sin ninguna otra alternativa a sacar la basura debajo de la alfombra y ponerla sobre la mesa. Situación desagradable si las habrá. Inevitable y mal explicada. La proliferación de tarifazos, aumentos en naftas, transportes, energía, tipo de cambio, y las consecuentes remarcaciones de precios no es un plan económico. Es un intento desesperado de ordenar la casa.

La actual administración encontró una casa desordenada, inconsistente, con riesgo de venirse definitivamente a pique y con sendos rastros de haber sido saqueada. Una casa derrumbada por décadas, con las mismas miserias de la década anterior, que a su vez venían de otras décadas. Una casa en decadencia.

La primera función ante semejante desastre es poner las cosas en orden. Limpiar alguna que otra mugre (corrupción) y poner las cosas en su lugar. A eso se lo llama recomposición de precios relativos. Poner las cosas en orden o lo que es lo mismo recomponer los precios relativos en modo alguno no es agradable ni placentero. Tampoco constituye un plan económico en sí mismo sino el reconocimiento de un desastre anterior. Los tarifazos son claramente hijos de la herencia. Una herencia delirante donde el principal default fue conceptual.

Durante doce años un grupo de funcionarios y políticos nos hizo creer (y lucró con ello) que la gratuidad era una opción posible. Que no pagar los servicios, ni los transportes, ni la energía era una panacea nacional y popular. Y que para financiarlo era posible extraer recursos de algún sector castigado, de la emisión, de la deuda oculta o de alguna confiscación socialmente aceptada.

Este delirio alguna vez iba a terminar. Necesariamente iba a venir alguien a poner las cosas en su lugar, con todo el costo que ello significa. El ajuste es por demás doloroso. Obliga a cada familia a revisar sus presupuestos, ajustar los gastos, posponer decisiones de consumo y ahorro, etc. Las familias están pagando plenamente el precio de la fiesta. Una fiesta que en parte disfrutaron (la gratuidad de los servicios, en especial en Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en el Área Metropolitana de Buenos Aires) y en parte no. Algunos se beneficiaron más que otros. Algunos llegaron a pesar el dinero.

Ahora viene el plan. Con los precios relativos puestos en realidad y toda la basura sobre la mesa y la decisión política de arreglar la casa lo que necesitamos ver es el plan económico de la nueva administración. ¿Cómo pensamos disminuir la pobreza? ¿Con más asignaciones y distribución del ingreso o con mejores oportunidades laborales y creación de riqueza? ¿Cómo vamos a solucionar los problemas habitacionales? ¿Con planes de gobierno tipo Procrear o con millones de créditos hipotecarios ofrecidos por bancos privados a tasas internacionales y largo plazo? ¿Qué tipo de estado queremos? ¿Un estado proveedor de funciones básicas o un paternalismo chamuyero que miente más de lo que soluciona?

¿Qué impuestos vamos a cobrarle a la sociedad? ¿Vamos a insistir con los tributos actuales esquilmando a la población? ¿O vamos a un esquema tributario más bajo respetando el esfuerzo de los contribuyentes? Y por último, ¿quién va a seguir pagando la fiesta (pasada y presente)? ¿Seguirá siendo la sociedad o alguna vez pagarán los que hicieron del estado un auténtico botín?

De estas definiciones, del verdadero plan que pronto debería conocerse, depende que los actuales aumentos de precios, tarifas y tipo de cambio sean “de una vez y para siempre” y no el inicio de una carrera con final conocido.