¡Qué fuerza más poderosa es la del disenso! Despierta argumentos, abre mentalidades o refuerza las opiniones propias y lo más importante: sirve en innumerables casos para mantenerle cortas las riendas del poder a los gobernantes de turno.
La libertad para disentir y contra-argumentar, tan saludable para las democracias y tan habitual para muchas sociedades, es en Cuba un pájaro tan exótico y tan extinto como el legendario dodo. Por décadas, quienes para llegar al poder usaron un formato tan poderoso del disenso como es la revolución, ahora lo coartan y lo impiden a toda costa, pues le temen por su capacidad para erosionar la concentración de poder.
En Cuba se ha intentado impedir las voces opositoras (no necesariamente orquestadas o armoniosas entre sí) a base de mantener un dominio monopólico de la información. Navegar la web en Cuba ha implicado acostumbrarse al odioso mensaje de “Lo sentimos, está página no está disponible en su país”. De lo anterior son también cómplices gobiernos internacionales y páginas extranjeras, que por la etiqueta de lo políticamente correcto aceptan estas condiciones de censura sin pensar en las implicaciones de dejar sedientos a miles que se encuentran deshidratados de información. Pero la necesidad, madre de toda inventiva, ha llevado a que los cubanos se ingenien para que sus mensajes pasen todo filtro informativo y es así como tirando botellas con mensajes al mar cibernético, han logrado levantar conciencia en el extranjero sobre la censura digital. Es por el optimismo y la esperanza de que alguien haría eco de estos mensajes, que diferentes voces cubanas como la de Orlando Luis Pardo o Yoani Sánchez han encontrado micrófonos abiertos y una audiencia global dispuesta a escucharlos, independientemente de si se concuerda o no con ellos.

