Unas reflexiones finales acerca de la guerra en Irak

Las noticias de Corea del Norte dominan la prensa esta mañana, pero me siento obligado a ofrecer unas cuantas reflexiones finales acerca de Irak antes de que las imágenes de los últimos soldados saliendo de ese país pasen a ser algo muy distante en el pasado.

Como el principal autor de la monografía Saliendo de Irak (Exiting Iraq, en inglés), así como también de dos estudios (en inglés) importantes y más artículos de los que podría contar, uno pensaría que yo estaría lleno de alegría porque esta larga guerra finalmente se acabó.

No lo estoy. Mi principal remordimiento es que aquella minoría que se hizo escuchar (en inglés) y trabajó para evitar la guerra fracasó y que aquellos de nosotros que presionamos para que se acabe rápido solo triunfamos con el hecho de que llegó a su fin. Se terminó, pero el fin no llegó rápido.

Los partidarios de esta guerra trataron de presentar a los opositores de la guerra como hostiles a los militares estadounidenses, pero sus esfuerzos han fracasado. Gran parte de los estadounidenses ahora se oponen a la guerra y aún así la gran mayoría de los estadounidenses respaldan a los soldados. Comprenden que la culpa de esta guerra recae sobre los que la promovieron, no sobre los encargados de ejecutarla.

La gran mayoría de los estadounidenses respaldó la guerra en un principio, pero lo hicieron bajo falsos pretextos. Algunos creían que Saddam Hussein estaba conectado a al Qaeda. Otros pensaron que estaba involucrado con los sucesos del 9/11. Otros estaban enfocados en su supuesta capacidad de construir y desplegar armas de destrucción masiva. Pocos, tal vez muchos, estadounidenses creyeron todas estas cosas. Pero cuando estos argumentos dudosos todos fueron descartados, nos quedamos con solamente una justificación —establecer un gobierno representativo en Irak— y esa justificación se quedó corta. Muy pocos estadounidenses creen que el personal de las fuerzas armadas del país no debería estar intentando promover la democracia a la fuerza. Yo sospecho que los partidarios de la guerra sabían esto en todo momento, razón por la cual trabajaron con tanto esfuerzo para promocionar exageradamente la supuesta amenaza que Saddam constituía para el mundo.

Y, en un sentido más general, eso explica el declive precipitado del respaldo a esta guerra. Los estadounidenses se cansaron de la guerra en Irak porque los costos excedían con creces los beneficios y esto hubiese sido cierto incluso si los beneficios hubiesen sido más tangibles (si, por ejemplo, los soldados estadounidenses hubiesen encontrado un gran arsenal de armas nucleares de Saddam en algún túnel).

Los líderes militares sabían que la guerra nunca es barata ni fácil, pero el resto del liderazgo en Washington dijeron al público en general que esta guerra lo sería. Tal vez los ciudadanos comunes deberían haberse dado cuenta y tal vez hubiesen prestado más atención si hubiesen sabido que ellos (o sus hijos e hijas) podrían ser llamados a combatir. Pero las guerras de los noventa no fueron particularmente costosas y la primera guerra post-9/11 parecía en el verano de 2002 haber seguido ese mismo patrón anterior. Por supuesto, la guerra en Afganistán ahora cumplirá su onceavo año.

Aún así, unos cuantos testarudos en Washington se niegan a admitir lo que muchos estadounidenses concluyeron hace mucho. A mi me desmoralizaron mucho los comentarios del Secretario de Defensa Leon Panetta (en inglés) durante este último fin de semana:

“Así de difícil como fue [la guerra en Irak]”, y el costo tanto en vidas estadounidenses como iraquíes, “creo que el costo ha valido la pena, para establecer un gobierno estable en una región muy importante del mundo”, agregó.

Uno podría decir que simplemente estaba desempeñando su rol como Secretario de Defensa. Tal vez creyó que sugerir que la guerra no había valido la pena sería desmoralizador para los soldados e irrespetuoso frente a los sacrificios que ellos han hecho. Pero eso simplemente contribuye a la ficción de que uno tiene que ser anti-militar para poder ser anti-guerra. Lo opuesto está más cerca de la verdad.

Incluso David Frum, uno de los partidarios más entusiastas de la guerra, a quien se le atribuye acuñar el termino “eje del mal” y quien después co-escribió el libro El fin del mal (The End to Evil) admitió (en inglés) en su contestación a una pregunta hipotética que se le hizo a los candidatos republicanos —sabiendo todo lo que sabe ahora”, ¿hubiese respaldado la decisión de ir a la guerra?— lo siguiente:

“No…El mundo es un mejor lugar sin Saddam, pero como ocurre con todo, la pregunta es una de costos y beneficios. Los costos para EE.UU. fueron demasiado altos, los beneficios para EE.UU. fueron muy pocos”.

En 2008, los estadounidenses eligieron como presidente a un hombre que se oponía a la guerra en Irak antes de que esta empezara, y, en el proceso, dejaron a un lado a uno de los principales promotores de la guerra. Aún así al equipo de seguridad nacional del presidente Obama le cuesta expresar claramente lo que es abundantemente evidente: esta guerra fue un error y deberíamos prometer colectivamente rechazar la lógica viciada y la ideología radical que la engendró. Si el equipo de Obama no puede decir eso, ¿qué esperanza hay de que ellos —o nosotros— hayamos aprendido algo de este episodio horrible?

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