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Arte que conquista la libertad

Mural Danilo Maldonado UFM

Danilo Maldonado, El Sexto, plasmó su huella en la ciudad de Guatemala al pintar un gigantesco graffiti en las instalaciones de la Universidad Francisco Marroquín (UFM). La obra de arte se titula “La libertad por medio del conocimiento” y en ella Maldonado evoca la relación entre la educación y la libertad.

Maldonado es parte de los defensores de derechos humanos y libertad que han tomado el arte en sus manos para expresar su opinión en contra del régimen castrista.

Los gobiernos totalitarios dictan la educación de una población. También hacen lo posible por controlar qué dicen los individuos, cómo lo expresan y cuáles son sus vías de comunicación. Al coartar el arte y la educación —dos alas que forman la mente de los individuos— una población está atada.

La obra fue develada el lunes 14 de marzo en la UFM. En el evento Maldonado criticó a los gobiernos comunistas y el adoctrinamiento a los niños desde una edad temprana por medio de todo tipo de símbolos. Uno muy notorio es que los niños siempre levantan banderas en las escuelas. “No veo justo que un niño tenga que estar cargando una bandera con una carga política específica; porque un niño no sabe nada, solamente sabe de belleza, de amor”, expresó el autor.

Las obras de los artistas que se expresan en contra de sus gobiernos están llenas de simbolismos. En el caso de La libertad por medio del conocimiento, las cadenas expresan la realidad de una población cuando carece de educación y sufre el yugo de los regímenes totalitarios. Las alas, la manera en que la educación libera a las personas.

A lo largo de la historia los gobiernos han censurado, perseguido y asesinado a artistas que por medio de sus obras —pinturas, libros, ensayos, canciones— critican el statu quo. En las décadas de 1920 y 1930 Stalin encarceló a 2000 artistas, Hitler dejó en manos del Ministerio de Propaganda toda forma de expresión artística. En palabras de George Orwell son sociedades en las que “solo una opinión es permisible en cualquier momento”.

En el libro Por qué la libertad, Sarah Skwire, miembro del Liberty Fund, escribió un ensayo titulado “Sin libertad, no hay arte: Sin arte no hay libertad” en el que explica el rol de las expresiones artísticas como crítica al poder. La autora cita al músico y liberal Lindy Vopnfjord; “El deseo de la libertad es la fuerza creativa más potente del artista; por eso, incluso en los lugares más opresivos se produce el arte más hermoso y poderoso”.

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Presentando la Biblioteca de la Libertad

Nos satisface presentarles hoy la Biblioteca de la Libertad, un proyecto realizado por el Instituto Cato y Liberty Fund. Esta biblioteca permitirá a nuestros visitantes conocer clásicos de la libertad en español que abarcan una amplia gama de disciplinas, incluyendo economía, derecho, historia, filosofía y teoría política, y se encuentran disponibles en distintos formatos de descarga.

La Biblioteca incluye estos primeros diez libros de gran envergadura:

  • Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina  de Juan Bautista Alberdi
  • Camino de servidumbre de Friedrich A. Hayek
  • Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general de Richard Cantillon
  • Ensayos sobre la libertad y el poder de John Emerich Edward Dalberg-Acton
  • La Declaración de Independencia y la Constitución de los Estados Unidos de América Thomas Jefferson, James Madison y otros
  • La libertad y la ley de Bruno Leoni
  • Obras escogidas de Frédéric Bastiat
  • Planificación para la libertad de Ludwig von Mises
  • Sobre el poder de Bertrand de Jouvenel
  • Teoría de las cortes ó grandes juntas nacionales de los Reinos de León y Castilla de Francisco Martínez Marina

En el mundo hispano-parlante este proyecto es de particular importancia, considerando la casi hegemonía de textos que promueven ideas e interpretaciones históricas contrarias a la existencia de sociedades de individuos libres. Es un mundo donde muchos estudiantes de economía y ciencias sociales nunca han sido expuestos a clásicos como Camino de servidumbre, o incluso ni siquiera han escuchado de su autor, galardonado con el Premio Nobel de Economía, F.A. Hayek. Aun si uno tuviera conocimiento de estos libros y el deseo de leerlos, es típicamente difícil encontrarlos en una librería en América Latina o España.

España y sus ex colonias cargan con el pesado legado de siglos de un imperio mercantilista y absolutista. No debería sorprender, entonces, que gocen de escasa difusión obras clásicas que demolieron ese sistema económico, como por ejemplo, el Ensayo sobre la naturaleza del comercio en generalde Richard Cantillon. Asimismo, gozan de poca difusión trabajos clásicos donde se destruyó la justificación del absolutismo. Son desconocidas en el mundo hispano-parlante incluso aquellas obras cuyos autores fueron influyentes próceres de las repúblicas latinoamericanas, como por ejemplo aquellas del argentino Juan Bautista Alberdi. En su obra Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina Alberdi explica que:

“Las colonias españolas eran formadas para el fisco, no el fisco para las colonias. Su legislación era conforme a su destino: eran máquinas para crear rentas fiscales. Ante el interés fiscal era nulo el interés del individuo. Al entrar en la revolución, hemos escrito en nuestras constituciones la inviolabilidad del derecho privado; pero hemos dejado en presencia subsistente el antiguo culto del interés fiscal. De modo que, a pesar de la revolución y de la independencia, hemos continuado siendo Repúblicas hechas para el fisco”.

En la Biblioteca de la Libertad tendrán la oportunidad de acceder a obras clásicas que retan a la concentración del poder, como Sobre el poder de Bertrand de Jouvenel o Ensayos sobre la libertad y el poder de John Emerich Edward Dalberg-Acton.

Como dice David Boaz en su introducción a Liberalismo, una aproximación:

“En cierto sentido, a lo largo de la historia no han existido más que dos filosofías políticas: libertad y poder. O bien se debería disponer de libertad para vivir la vida como se desee, siempre y cuando se respeten los derechos iguales de los otros, o bien se debería otorgar a algunos la facultad de utilizar la fuerza y obligar a otros a actuar de una forma distinta a la que elegirían por voluntad propia”.  

Esperamos que la Biblioteca de la Libertad, que continuará expandiéndose, contribuya a la difusión de las ideas de la libertad en español a fin de que las sociedades persigan, en palabras de Acton, la libertad como “el más alto de los fines políticos. No se persigue en vistas a obtener una buena administración pública, sino para permitir que puedan perseguirse los fines más altos de la sociedad civil y de la vida privada”.

Violencia “pacífica”

Hace un algunos días escuché por la radio a un dirigente del transporte hablando sobre los bloqueos de carreteras que su gremio está realizando. Al ser cuestionado sobre actos vandálicos respondió que que no habían tirado piedras a las oficinas de impuestos, porque no era su intención destruir propiedad pública y que solo habían lanzado huevos porque su marcha era pacífica al igual que sus bloqueos. La lógica del dirigente, es tan estúpida como popular en Bolivia. Por algún motivo que escapa a mi entendimiento, en este país muchos creen que bloquear una calle no es un acto violento, o que se puede avasallar una propiedad agrícola y destruir los bienes pacíficamente mientras nadie salga apaleado.

Por supuesto, si quienes son dañados por estos pacifistas, ya sea porque no pueden transitar de su casa a su trabajo o porque no pueden cosechar su siembra, deciden hacer uso de su legítimo derecho a la defensa, corren el riesgo de terminar hospitalizados e incluso pasar a mejor vida.

No pretendo con esto hacer una condena inequívoca de la violencia. Al contrario, considero legítimo el uso de la misma en casos extremos. Creo que si un ladrón entra a mi casa, yo tengo el deber de defender a mi familia y que en legítima defensa debería poder matarlo a tiros sin que el Estado me persiga por ello. Creo también, al igual que John Locke, que la sociedad civil tiene el derecho a derrocar a un gobierno tiránico. Pero la violencia debe ser un recurso extremo, debe ser ejercida excepcionalmente solo con fines defensivos dirigida exclusivamente a quienes amenazan la vida, la libertad, la integridad y la propiedad ajena.

En Bolivia, sin embargo, se ha popularizado el bloqueo de rutas, una forma de violencia que perjudica a miles de personas inocentes, a trabajadores asalariados, empresarios y transportistas, a toda una sociedad que no tiene culpa, poder o responsabilidad con relación al reclamo que provocó el bloqueo. En este país folclórico y carnavalesco, hay bloqueo por todo y por nada: Algunos bloquean para obtener privilegios especiales del Estado, otros para luchar por la democracia y los derechos civiles, uno porque su novia lo dejó, otro porque la justicia en Bolivia es una mierda. Hay razones más valederas que otras, pero no deberíamos caer en el eufemismo de calificar a ningún bloqueo como pacífico. Todo bloqueo, en tanto y en cuanto coarta el derecho de otros a movilizarse libremente por las vías públicas es un acto de violencia, aunque nadie termine con un ojo morado o un palazo en la cabeza.

Santa Cruz de la Sierra, 04/02/16

El viaje de Obama a Cuba

Al inicio del año hubo mucha especulación sobre si el Presidente Obama podía superar su histórica reconciliación con Cuba con una visita igual de histórica a la isla. La especulación se acabó con el anuncio de ayer acerca de su viaje en marzo.

Muchas cosas han cambiado durante el último año en la relación entre EE.UU. y Cuba: los lazos diplomáticos se han restaurado, los líderes de ambos países se han reunido dos veces, docenas de vuelos comerciales al día han sido autorizados, cientos de miles de estadounidenses están viajando a la otrora isla prohibida, y muchas sanciones económicas se han levantado.

Aún así hay una cosa que no ha cambiado: la naturaleza represiva de la dictadura comunista de Cuba. Si en algo ha cambiado, es que podría haber intensificado la represión. El columnista del Miami Herald, Andrés Oppenheimer, recientemente reportó que el número de trabajadores autónomos en Cuba de hecho ha caído durante los últimos seis meses. Las detenciones arbitrarias de activistas pacíficos de oposición están aumentando. Las reformas económicas todavía son demasiado tímidas. Si hay mucho entusiasmo acerca de Cuba últimamente, esto tiene que ver más con lo que Washington está haciendo que con lo que la Havana realmente está haciendo.

Esto no es para decir que la reconciliación de Obama con Cuba ha fracasado: la anterior política de Washington de aislar a la isla fue totalmente contraproducente. Pero no deberíamos engañarnos acerca de un cambio inminente en la naturaleza del régimen de los Castro.

El Presidente Obama ha dicho que el principal objetivo de su viaje será “mejorar las vidas de los cubanos”. Si es así, debería seguir los pasos de Jimmy Carter cuando visitó la isla en 2002: el ex presidente se reunió con los disidentes y se le permitió hablarle a la nación en un discurso sin censura que fue transmitido en televisión nacional, discurso en el que hizo un llamado a que se celebren elecciones democráticas, se respeten los derechos humanos y haya más libertades civiles.

Si Obama no logra obtener concesiones similares, su viaje solamente fortalecerá la posición del régimen de los Castro. Se tratará todo acerca de asegurar su legado y no acerca de tratar de mejorar las vidas de los cubanos de a pie.

Space Act: un regreso a los principios fundadores de EE.UU.

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Hace un par de meses se aprobó la ley denominada SPACE Act of 2015 (SPACE, según sus siglas en inglés), presentada en el congreso por el representante Kevin McCarthy (Republicano, California, Distrito No. 23) y ya aprobada por el presidente Barack Obama, lo que convierte a EE.UU. en un pionero en relación al campo de la minería en el espacio estelar.

Básicamente, la nueva Ley permite a los ciudadanos de EE.UU. tomar parte en la exploración y explotación comercial de los recursos del espacio, lo que incluye, por ejemplo, al agua y a los minerales que puedan llegar a extraerse de los cuerpos celestes. Esto abre inmensas posibilidades de encontrar nuevas grandes cantidades de los metales ya conocidos, como ser oro, plata, platino o cobre, nuevos lotes de agua para consumo humano, yacimientos de petróleo que prolonguen el uso del mismo para crear energía, y por qué no, nuevos tipos de elementos químicos hoy desconocidos por nosotros pero que pueden llegar a revolucionar nuestra vida cotidiana actual.

Ahora bien, para poner en contexto esta noticia, conviene detenerse unos minutos en el pasado. La historia del mundo ha demostrado que es imposible operar en los mercados sin un marco institucional que nos permita definir claramente sus reglas y, así, asumir o no la posibilidad de tomar riesgos con la intención de minimizar lo más posible los costos en que se van a incurrir. Este contexto no le es, ciertamente, ajeno a la historia de EE.UU. Es que, salvando las distancias, se puede comparar esta novedad directamente con la llamada Gold Rush, o Fiebre del Oro, que se dio en la costa oeste americana hacia el año 1850. En esa época, miles de personas dejaban sus ciudades originarias y tomaban el riesgo (y la aventura) de atravesar el desierto central, para migrar a las costas californianas y así llegar a la posibilidad de hacerse del preciado oro que les cambiaría, tal vez, la vida para siempre. Obviamente esto no solo les trajo ganancias personales a los pioneros, sino que tales beneficios se diversificaron hacia toda la sociedad y permitieron las bases del fabuloso progreso y conquista del Lejano Oeste, con obras monumentales para la época como la construcción de líneas ferroviarias que conectaban el este con el oeste, florecieron incontables pueblos (luego algunos grandes ciudades), los telégrafos, etc.

Es importante resaltar que, finalmente, en el fondo de las causas de la Gold Rush estaba el respeto irrestricto a los derechos individuales de propiedad. Comparativamente, mientras la gente en el norte arriesgaba todo por un poco de oro, en Latinoamérica pasaba todo lo contrario. Y sucede que la diferencia entre América Latina y EE.UU. fue que, en la primera, el Rey durante la colonia era dueño de todo el subsuelo (en ese momento fundamentalmente oro y de la plata), y luego de los distintos procesos independentistas, ese propiedad pasó de la corona a los gobiernos federales (en otras palabras, de un monopolio del monarca a un monopolio gubernamental), mientras en EE.UU. pasó todo lo contrario. Al independizarse y dejar de ser una colonia inglesa, los minerales en el suelo y subsuelo pasaron a ser propiedad de las personas, no de los gobiernos. En definitiva, tomaron el respeto inviolable del Rule of Law, de su anterior colono, y lo aplicaron al nuevo estado naciente.

Hoy, 150 años después, se toma como correcto punto de partida el derecho romano y el concepto res nullius, a través del cual la propiedad no le pertenece a nadie en abstracto, sino hasta que alguien reclama posesión de la misma. Es decir, se enfatiza en el espíritu de la libertad y una estructura de leyes para la defensa de la propiedad de sus ciudadanos.

La Ley SPACE de 2015 es la versión siglo XXI de EE.UU., que ha dado más libertad de ejercicio a sus ciudadanos como nunca en la historia de la humanidad, teniendo en cuenta que el motor del progreso de las civilizaciones es la libre acción humana. Por supuesto, la libertad individual le permitirá a cada uno actuar y proceder por sus propios valores. Los mismos se someterán, claro, a un proceso deliberado de preferencias, elecciones y selecciones de medios para lograr los nuevos fines que les brinda esta nueva Ley. Pero la misma abre un promisorio futuro para la humanidad, tan importante y complejo que hoy no es posible aventurar un pronóstico final acerca de la conquista del espacio. Pero si podemos afirmar que se trata de un excelente primer paso.

Las mujeres y la libertad

En 1869 John Stuart Mill publicó The Subjection of Women, donde argumentada a favor de la total igualdad entre los sexos. En esos tiempos, tal propuesta era revolucionaria y muy contraria a las normas y costumbres en todo el mundo. Hoy la cultura occidental reconoce, aunque sea en teoría, que las mujeres tienen los mismos derechos que el hombre. Hoy, en el siglo XXI, tal proposición debería ser una verdad de Perogrullo. Sin embargo en muchos países, incluso de tradición occidental, muchas mujeres siguen sometidas a los designios del hombre, ya sea del padre o del esposo y tanto las normas sociales, como la legislación, hacen que las mujeres no gocen de todos los derechos que les corresponden.

Más triste aun es la situación del género femenino en culturas diferentes a la occidental, donde la mujer es privada de libertades civiles y políticas elementales. El islamismo por ejemplo, de la manera en que se practica en buena parte del mundo implica una negación de tales libertades. Aunque para ser justos, el catolicismo actual mantiene una discriminación odiosa entre el hombre y la mujer, tal discriminación no pasa de lo eclesiástico, mientras que en el islam traspasa a lo civil y político. Felizmente hay avances en el mundo y en Arabia Saudita las mujeres pudieron votar y postularse a cargos públicos por primera vez en la historia. Aunque todavía queda mucho por recorrer (en este país las mujeres no pueden manejar vehículos y deben pedir el permiso de sus maridos para todo), el voto universal es un gran avance.

En nuestra Latinoamérica, también hay razones para alegrarnos del rol del género femenino en la lucha por la libertad. En Venezuela, dos mujeres, Lilian Tintori y María Corina Machado, han jugado un rol fundamental en la defensa de los valores liberales y han contribuido a frenar seriamente las aspiraciones totalitarias del liberticida régimen chavista.

Finalmente, si una persona es inepta, impostora y fascista, uno no tiene por qué hacer miramientos en defender las ideas liberales contra tal persona, aunque sea mujer. Por tal motivo también me alegro por la señora Cristina Fernández de Kirchner que terminó su paupérrima gestión como presidente de Argentina. Espero que vaya a disfrutar los millones de dólares de patrimonio que acumuló durante las presidencias de ella y su esposo y le haga el favor a los argentinos de no volver a postularse.

Santa Cruz de la Sierra, 14/12/15

De monarcas y presidentes

“El Estado soy yo”. Estas palabras fueron pronunciadas por Luis XIV, también conocido como El Rey Sol, ante el parlamento de París en el siglo XVIII. En dicha ocasión el rey se presento en las sesiones con el fin de prohibir las discusiones que se desarrollaban y en las que se criticaba ciertas ordenanzas reales. Tal actitud se entiende mejor si consideramos que en aquella época se veía a los reyes como sustitutos de Dios en la Tierra, principio que aprovecharon años antes los Estuardo en Inglaterra para concentrar el poder en sus manos, y cuyas consecuencias sumieron a los ingleses en una guerra civil.

Luis XIV, imitando a los Estuardo, se designó como la imagen visible de Dios, por lo que su voluntad era incuestionable, y se valió de dicho ardid para concentrar cada vez mas poder alrededor suyo. Un rey para tal fin requería de ministros cuya obediencia fuese ciega; Juan Bautista Colbert fue el mas efectivo de ellos. Para Colbert era intolerable hasta la menor oposición al rey, y no dudó en entorpecer el accionar de parlamentos y asambleas provinciales cuando no coincidieron con la voluntad real. Pero si por algo fue elemental Colbert durante el reinado de Luis XIV, fue por ser quien se encargara de recaudar los fondos necesarios para solventar los gastos (cada vez mayores) del Rey Sol, los cuales produjeron un déficit económico que perduraría hasta la revolución durante el reinado de Luis XVI.

Quizás uno de los símbolos más representativos del reinado de Luis XIV fue el palacio de Versalles, donde buscaba representar una vida artificial y de servilismo, pues el único objetivo de quienes tenían el privilegio de ingresar al palacio era servir al rey.

Cuatro siglos pasaron desde el reinado de Luis XIV y en Argentina la realidad no es muy distinta. A mediados de octubre, valiéndose de un abuso del ejercicio de sus deberes, y en medio de una fuerte campaña electoral, la presidente hizo uso por cuadragésima cuarta vez en lo que va del año de la cadena nacional, medio que junto a otros ha servido de maquinaria mediática y que en conjunto no constituyen más que un Versalles argentino.

En este nuevo palacio, al igual que en el francés, se busca crear una ficción paralela a la de la realidad nacional. Las pintura murales, las estatuas, y todo el lujo de aquel palacio se nos aparece aquí en forma de una nación en la que la inseguridad es tan solo una sensación, en donde la desnutrición ha sido prácticamente erradicada, la inflación no es significativa, etcétera. La nobleza francesa se reemplazó en forma de actores defensores del modelo, aplaudidores de turno, periodistas afines, y una juventud militante, todos ellos “comprometidos” con el modelo encarnado por la presidente, pero por supuesto, todos financiados con fondos públicos.

En Argentina la presidencia no proviene de Dios, pero sí del “Pueblo”, término que se ha desvirtuado y mitificado en los últimos años al nivel de deidad, y al cual se ha identificado oportunamente con la ex presidente, censurando tácitamente de esta forma cualquier crítica a la primer mandataria, como una crítica a la totalidad de los ciudadanos argentinos.

En la Francia del siglo XVII la concentración del poder implicó debilitar el principal contrapeso de la monarquía, el parlamento, a lo cual se le sumó la cada vez más terrible situación en que se sumía a los franceses mediante nuevas cargas impositivas, todo ello para sostener los gastos de un Estado cuyo gasto público solo iba en aumento. La consecuencia no fue distinta a la de los Estuardo en Inglaterra, una sangrienta revolución seguida de años de guerra civil.

Pero a diferencia de la monarquía francesa, en Argentina tenemos la posibilidad mediante elecciones de evitar semejante desenlace, decisión fundamental que deberemos tomamos en las urnas hace algunas semanas.

Bolivia: Criminalizando las opiniones

Un requisito indispensable de una sociedad democrática y de derecho es el respeto casi absoluto a la libertad de expresión. La posibilidad de emitir opiniones sin represalias por parte del Estado, incluso cuando estas opiniones no son compartidas por la gran mayoría de los ciudadanos es la base misma de la democracia. Sin libertad de expresión corren riesgo los partidos políticos de oposición; sin libertad de expresión no puede existir una prensa independiente que cuestione, investigue e incomode al poder político y económico. Sin libertad de expresión es más fácil que los gobernantes cometan y oculten más violaciones a los derechos humanos, además de perpetrarse en el poder y enriquecerse.

Por ello hay que ser muy cautos a la hora de permitir que el Estado ponga límites a la libertad de expresión, por más noble que parezca ser el objetivo de tales límites y en lo que respecta a este tema, ante la duda o el riesgo de abusos por parte del poder, siempre es mejor pecar del lado de proteger la libertad de expresión antes que limitarla.

Un ejemplo de ello es el racismo y la discriminación. Sin duda es noble la idea de acabar con estos prejuicios. Sin embargo la criminalización difícilmente elimina los prejuicios subyacentes y por otro lado puede ocasionar abusos de poder y limitaciones a la libertad de opinión y prensa. Un ejemplo concreto es Bolivia, donde una ley “contra el racismo y toda forma de discriminación” (no puedo dejar de mencionar la pomposidad del título en conjunción con la idiotez de procurar prohibir “toda forma de discriminación”) ha servido para iniciar acciones legales a dos personalidades de la televisión, una por decir que Oruro es feo y el otro por decir que las modelos cruceñas son tontas. Quienes están en desacuerdo o se sienten ofendidos por tales opiniones tienen el derecho de expresar su molestia en las redes sociales o en la prensa, tienen el derecho de dejar de mirar el programa del conductor cuya opinión les indignó, si la indignación general es tal, los dueños del canal pueden evaluar despedir a la persona. ¡Pero ser enjuiciado y tener la posibilidad de ir a presión por opinar que una ciudad es fea o porque ciertas mujeres son tontas es un exceso y un abuso mayúsculo! Si por tal cosa una persona puede ir a prisión, surge la interrogante de cuáles son los límites de esta ley y qué opinión está a salvo de la mirada inquisidora de los legisladores. Este tipo de leyes, como es el caso boliviano, pueden servir para desatar una injusta cacería de brujas, limitar la libertad de expresión y provocar autocensura.

La sociedad que queremos

Esta es una idea problemática. ¿Cuál es esa sociedad que queremos? Tácita está la idea que la sociedad que queremos es una mejor. ¿Quién no quiere una mejor sociedad? Acaso usted, estimado lector, desea una sociedad peor? Por supuesto que no. El problema es que no todos estamos de acuerdo en qué exactamente sería esa sociedad mejorada.

En las columnas de opinión de todos los diarios, sin embargo, es un concepto que se lee con frecuencia. Es una forma de llegarle a la emoción del lector, captarlo, y decirle: si no estás de acuerdo conmigo, entonces no quieres una mejor sociedad.

Este es el principal problema de nuestras sociedades, a saber, que todos les queremos imponer a otros nuestra visión de una mejor sociedad. Este proceso de imposición crea conflictos entre los que les gusta esa sociedad y a los que no.

No hay una salida fácil a este dilema. Por eso vemos las debates  entre socialistas y liberales, estatistas y libertarios, ateos y religiosos, los que favorecen la libertad sexual y de matrimonio y los que se oponen a ello. Es de nunca acabar. Y nunca acabará.

Entonces, ¿qué hacemos? Creo que el primer paso es sencillo, es un acto de humildad: somos humanos y, por tanto, nos podemos equivocar. No se trata de una opinión sobre lo que debe ser, sino una descripción de lo que es. No es discutible que las personas puedan tener una opinión distinta sobre lo que sería o no una mejor sociedad, es un simple reconocimiento de la realidad. La experiencia en la vida también nos debe haber demostrado que nos podemos equivocar en nuestras opiniones y afirmaciones. Nunca jamás ha habido un ser humano infalible. De haberlo, no sería humano.

El segundo paso es reconocer que las sociedades están compuestas de individuos diferentes y que no todos queremos lo mismo. Cada uno de nosotros, debe reconocer que lo que yo creo que es mejor para todos, no es necesariamente lo que otros creen que los mejor. Uniendo estas dos ideas, debemos estar dispuestos a aceptar que nuestra visión particular de qué es una mejor sociedad y cómo alcanzarla de hecho puede estar equivocada o puede causar un daño en largo plazo que no estamos viendo por nuestras limitaciones.

Llegamos otra vez al mismo punto. Si todos estamos de acuerdo que no tenemos que estar de acuerdo y que, además, podemos equivocarnos, cómo ha de organizarse una sociedad con miles o millones de individuos. La solución única está en establecer los valores y principios que permitirían la cohabitación pacífica de individuos con intereses distintos. El filosofo escosés David Hume, lo respondió claramente al señalar que las tres leyes fundamentales «son la de estabilidad en la posesión, la de transferencia mediante consentimiento, la de cumplimiento de las promesas hechas».

De no cumplirse estas tres leyes fundamentales, entonces no se podría vivir pacíficamente en sociedad. Preponderaría la violencia, la razón del más fuerte, el estancamiento material, cultural y espiritual.

Tal vez no podamos estar de acuerdo en qué sería una sociedad ideal, pero al menos pudieramos estar de acuerdo en que los dos podamos trabajar en nuestros círculos en los asuntos que nos interesan, sean estos religiosos, culturales, deportivos, artísticos o netamente materiales, siempre y cuando no violemos el derecho de otro a hacerlo.

En defensa de las ONGs de izquierda

Tener valores y convicciones implica defender ideales y no personas o instituciones. Un valor fundamental de todo liberal es el derecho casi irrestricto a la libertad de expresión. Un anhelo fundamental del ser humano es el de la libertad y no existe mayor violación a ésta que cuando el Estado intenta controlar las ideas, los pensamientos y las conciencias.

Por ello ante la amenaza del inefable vicepresidente boliviano de expulsar a las ONGs extranjeras que no apoyen su visión política (amenaza absolutamente creíble) debemos alzar nuestras voces y expresar nuestro total rechazo. Es irrelevante que esas ONGs promuevan ideas contrarias a las nuestras o que hayan sido parcialmente culpables de catapultar a la palestra y encumbrar en el poder a los autoritarios que ahora son sus verdugos. El derecho a expresarnos libremente, a debatir ideas, a lanzar propuestas aunque sean descabelladas y estúpidas sin sufrir represalias por parte del Estado debe ser defendido de manera intransigente. Y este derecho debemos defenderlo para nacionales y extranjeros, para hombres y mujeres, para pobres y ricos, para creyentes y ateos, para blancos y negros, para todos.

Una sociedad libre y abierta requiere la práctica de la tolerancia. Álvaro García Linera, como buen marxista, es intolerante y autoritario; como buen marxista quiere eliminar la disidencia, acabar con los “librepensantes” y acallar amenazando, comprando o reprimiendo a quienes no comulguen con su visión política; como buen marxista, también quiere eliminar a los otros marxistas que tienen una visión similar a la suya, pero no pertenecen a su facción ni siguen su liderazgo.

Como liberal clásico, me adhiero a la carta que han firmado varios intelectuales de izquierda y expreso mi condena y rechazo a las declaraciones del vicepresidente y a la actitud represiva, totalitaria y abusiva que ha tenido este gobierno desde su primer día en funciones. Porque en realidad, esto no se trata de alinearse con ONGs de izquierda o de derecha, sino de defender la libertad de expresión.

Santa Cruz de la Sierra, 16/08/15