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Santos progres

Leí una entrevista con el famoso actor Benicio del Toro en el que expresaba su enorme admiración por el Ché Guevara, y declaraba estar muy impresionado por “su determinación. Aunque tenía asma, siempre intentó subir el volcán Popocatéptl, pero nunca llegó a la cima. Ese espíritu de superación, esa búsqueda de la verdad, esa determinación por estar siempre del lado de los olvidados”.

Esto es realmente asombroso, porque pinta a Guevara como si fuera la Madre Teresa de Calcuta. Ella sí que se sacrificó por los olvidados. La Santa y su congregación, como es sabido, se especializaron en el cuidado no simplemente de los pobres sino de “los más pobres de los pobres”. Lo han hecho, como tantos millones de personas generosas y solidarias, sin recurrir a ninguna violencia, y buscando la solidaridad genuina, es decir, la que brota de la libertad.

En abierta contraposición, el Ché Guevara extendió la violencia en dos continentes y contribuyó a edificar y consolidar la más duradera dictadura de América Latina, tan duradera que todavía dura. Nunca estuvo “del lado de los olvidados” sino del lado del comunismo, es decir, del lado del régimen más criminal y empobrecedor que nunca hayan padecido los trabajadores en toda la historia de la humanidad. El comunismo es lo que aplicó Guevara en Cuba a sangre y fuego. El comunismo lleva cien millones de víctimas en el último siglo, muchas de ellas asesinadas por la represión comunista, y muchas muertas de hambre como resultad de la aplicación de políticas anticapitalistas, que siempre dan como resultado la miseria de los pueblos.

¿Cómo pudo Benicio del Toro santificar de esa manera tan irresponsable a un criminal como el Ché Guevara, cuya “determinación” y “espíritu de superación” fueron orientados siempre a la consecución de lo peor para el pueblo?

Pues por la misma razón por la que tantos y tantos artistas han respaldado ese sistema, el más brutal de la historia: porque sólo se toma del socialismo sus objetivos, y jamás se tiene en consideración sus resultados. Claro, ningún comunista ha dicho nunca que su objetivo sea imponer dictaduras sanguinarias y matar a la gente de hambre o en atroces campos de concentración. Como eso es sistemáticamente el resultado del comunismo, entonces los comunistas han dedicado todos sus esfuerzos a la propaganda, que consiste, entre otras cosas, precisamente en insistir siempre en los propósitos del socialismo, no en sus logros reales.

Otro objetivo, hablando de un actor de cine como el señor del Toro, es que el cine oculte la verdad a sus espectadores, de modo que haya miles de películas sobre los nazis, pero ¿cuántas películas ha visto usted sobre los muertos por el comunismo? Muy poquitas ¿verdad? Podría don Benicio pensar un poco en esas víctimas, esos verdaderos “olvidados”.

Católicos liberales

A todas las personas interesadas en la relación entre religión y liberalismo, en particular a los católicos, les recomiendo este libro de Francisco José Contreras, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla: Liberalismo, catolicismo y ley natural (Ediciones Encuentro). Subraya que el sustrato cultural del liberalismo es cristiano, y que esto fue incomprendido tanto por liberales como por la Iglesia, aunque en décadas (si bien quizá no en meses) recientes cabe detectar movimientos de aproximación.

Religión, espacio público y libertad

El libro consta de cuatro partes. La primera trata de Europa, su invierno demográfico y su descristianización. La segunda analiza el catolicismo y los equívocos antiguos sobre su hostilidad a la razón, y modernos sobre la discriminación. La tercera parte estudia el liberalismo, su crítica al Estado de bienestar y su defensa de la familia, frente a la supuesta superioridad de la izquierda. Por fin, la cuarta parte aborda la ley natural, la laicidad, la razón pública y el positivismo jurídico, cuyo declive, advierte el profesor Contreras, puede dar a lugar a nuevas corrientes iusfilosóficas no necesariamente mejores, que difuminan del todo la frontera entre derecho y moral, con lo que el sistema jurídico queda a merced del paradigma ético progresista, que acaba marginando a los creyentes y forzándolos a la reclusión en casas y templos, expulsando así el discurso religioso del espacio público, para alborozo de los enemigos de la libertad.

Publicado originalmente en La Razón (España) el 19 de diciembre de 2013.

España: Más transparencia y mejores ideas

La evidencia sigue poniendo a los sindicatos contra las cuerdas. Los trabajadores siguen manifestando un creciente rechazo a unas organizaciones que supuestamente reflejan sus intereses y aspiraciones, y ni se afilian a los sindicatos ni les pagan. Con lo cual, los mal llamados “agentes sociales” se parecen cada vez más a meras burocracias políticas, ineficientes y opacas, como todas las burocracias. Sus “éxitos” estriban en perjudicar a los trabajadores, en impedir que acudan a sus puestos de trabajo o, como en el caso de Iberia, en poner en riesgo la existencia misma de las empresas y el mantenimiento de miles de empleos. Se dirá: tienen que ser más transparentes. Es verdad, sobre todo cuando, como sucede también con los gobiernos y los partidos políticos (a los que, no por casualidad, los sindicatos se parecen cada día más), los ciudadanos son obligados a pagar de su bolsillo a unos supuestos representantes a los que, todo indica, no aprecian en absoluto. Pero no es toda la verdad: además, los sindicatos deben renovar un discurso izquierdista populista y pueril, que los suma a la agitación profesional y los resta de la opinión de aquellos que dicen representar: las trabajadoras y los trabajadores.

Publicado originalmente en La Razón (España) el 22 de febrero de 2013.

Estado y lealtad

En twitter (@rodriguezbraun), algunos seguidores me apuntaron:

Si la sanidad privada desvía enfermos graves a la pública, ¿no es eso competencia desleal, porque se quita de encima pacientes poco rentables?

Ya resumí mis puntos de vista en twitter, pero quizá resulte de interés responder de forma más extensa, para aclarar esa y otras falacias antiliberales de modo más concluyente de lo que es posible en 140 caracteres. Mi respuesta a la cuestión planteada es que no se puede hablar en sentido estricto de “competencia” (ni, por cierto, tampoco de “colaboración”) entre el Estado y el mercado, que son antitéticos, aunque estén entrelazados.

¿Por qué se conduce de esa forma en algunas ocasiones la sanidad privada? La respuesta es: porque puede y es legal. Pero puede porque existe la pública, porque la pública obliga a todo el mundo a pagar, y se escuda en que también se compromete a curarnos. Quienes hacen negocios en esas condiciones peculiares, y pueden bajar sus costes derivando enfermos legalmente, lo harán. Pero no es obvio que la competencia desleal sea la del sector privado, porque éste tiene un competidor que monopoliza la coacción legítima, y puede forzar a la gente a pagar. Ninguna empresa puede hacer eso. Y eso no es competencia muy leal, desde luego.

También se habla en ocasiones de la deslealtad de quienes somos liberales pero acudimos al socorro del Estado, y se supone que eso quebranta nuestros principios. Otra vez, quienes así nos critican ignoran la existencia misma del Estado, que no es un agente más de la sociedad, ni una empresa más, ni una institución cualquiera, sino el monopolista por excelencia. Si uno ignora eso, se verá abocado a conclusiones absurdas como, por ejemplo, que como el Estado es el que fabrica la moneda, entonces los liberales no deberíamos usarla, y en salvaguarda de la coherencia y pureza de nuestros valores deberíamos…¡dedicarnos al trueque!

Me preguntó un seguidor: “¿Renunciaría usted al Estado si tiene un accidente y viene el Estado a ayudarlo? Si no renuncia, es que el sector público es bueno”. Le respondí: renuncio, siempre que el Estado renuncie a cobrarme impuestos. El error, por consiguiente, estriba en identificar al Estado con la sociedad civil, ignorando su característica más sobresaliente: el monopolio de la coacción legítima. Todos los argumentos de ese estilo, como “si usted no renuncia a circular por las carreteras, entonces no puede criticar al Estado”, caen en la misma falacia. Uno puede, efectivamente, no circular por vías públicas, y de hecho puede no usar ningún servicio del Estado: pero no puede renunciar a pagarle, porque no pagar impuestos puede llevarnos nada menos que a la cárcel. Ninguna otra entidad puede usar la violencia de esa manera para forzar a los ciudadanos a pagar.

De modo que la forma de probar que el Estado es efectivamente bueno sería permitir que los ciudadanos lo eligiésemos libremente, teniendo la alternativa de no hacerlo. Eso es algo que jamás consideran los críticos del liberalismo. En efecto, en lugar de pensar en la posibilidad de la libertad, lo que suelen hacer es partir de la base de su imposibilidad. Así, por ejemplo, aseguran que el argumento liberal no se tiene en pie porque si el Estado no interviniese en el dinero, entonces no habría dinero. O alegan, como un seguidor, que sin Estado viviríamos como en “una isla desierta”. Estos razonamientos, por extendidos que estén, pecan de la insuficiencia lógica de dar por sentada una premisa y negarse a considerar ninguna premisa alternativa. Toman, así, lo contingente por lo necesario. He llamado a eso “la falacia del Estado que está”.

La falacia del Estado que está sostiene que como el Estado está, y hace cosas, entonces esas cosas que el Estado hace porque está no se harían si el Estado no estuviera. A partir de ahí ya nos aseguran que sin Estado no habría riqueza, ni justicia, ni defensa, ni servicios públicos de ningún tipo, etc. etc., y de hecho no habría sociedad: ¡viviríamos en islas desiertas! Eso no es intelectualmente riguroso, ni tampoco leal.

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El odio a la caridad

La donación del destacado empresario gallego Amancio Ortega a Cáritas animó el habitual el recelo políticamente correcto frente a las empresas. Personas que jamás se preocupan del empobrecimiento de los ciudadanos a causa de la coacción de los poderes públicos, sostuvieron, contra toda evidencia, que Inditex no es sinónimo de bienestar, empleo y prosperidad, sino de miseria y explotación.

Jamás dicen que la miseria y la explotación son características del socialismo. Del socialismo, de hecho, no hablan mal nunca: lo malo son las empresas y el capitalismo, siempre sospechosos, siempre dudosos. Condenan la deslocalización, como si en su ausencia gozaríamos de menos pobreza y menos paro. Mientras los estados en todo el mundo son cada vez más grandes, poderosos e intrusos, insisten en la patraña del “secuestro del poder político por el económico”. Y fue manifiesto el odio a la caridad. Se llegó incluso a reclamar a Cáritas que renuncie a los 20 millones de euros de Amancio Ortega. La solución, proclaman, es la justicia, no la caridad. Pero llaman “justicia” a que el poder arrebate por la fuerza la riqueza a quienes la producen. Y atacan la caridad con argumentos sectarios y falaces: “La caridad no crea riqueza, solo pone parches a la pobreza. Poner parches a la pobreza con dinero de quienes la causan es totalmente inadmisible”. Jamás aplican este argumento allí donde es válido: en el intervencionismo político y legislativo. Odian la caridad porque odian la libertad.

Publicado originalmente en La Razón (España) el 27 de noviembre de 2012.

Economía y ‘glamour’

Ariadne Artiles

Ariadne Artiles, la modelo española más internacional, declaró al “Magazine” de El Mundo:

Los ricos son cada vez más ricos y los pobres, aún más pobres. Y las ayudas siguen siendo para los ricos. Vivo en un mundo que no comparto y no puedo entender, y sufro y me siento impotente por no poder hacer nada al respecto.

Primero, los pobres no son cada vez más pobres. En las últimas décadas la pobreza, el hambre, la miseria y la enfermedad, a pesar de las constantes jeremiadas sobre su empeoramiento, no han empeorado. En segundo lugar, si los ricos son cada vez más ricos, no hay razón alguna para lamentarlo, salvo que lo hagan a expensas de los pobres, algo que solo puede suceder fuera del mercado, es decir, mediante la intervención política. La propia señora Artiles es una mujer rica, y no creo que ella piense que su enriquecimiento se ha debido al empobrecimiento ajeno, porque no ha habido en ese enriquecimiento intervención política apreciable. Esa misma intervención, por cierto, es la que se encarga de ayudar a los bancos, crítica implícita en la frase de doña Ariadne.

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Derechos Bardem

La actriz Pilar Bardem se presentó esta semana en un acto de apoyo a los mineros que llegaron a manifestarse a Madrid procedentes de Asturias y León. Y declaró: “Quiero a los mineros como quiero a cualquier ciudadano que defienda sus derechos”.

Es una excelente ilustración de una paradoja fundamental del progresismo. En efecto, ¿cómo es posible que Pilar Bardem quiera a cualquier ciudadano que defienda sus derechos, y no a cualquier ciudadano que los tenga?

Imaginemos una persona que es asaltada, golpeada o violada, pero que opta por no resistirse, quizá porque piensa que no vale la pena o incluso porque puede empeorar su situación. ¿Es que la señora Bardem no sentiría aprecio por ella? ¿Es que no querría a una mujer violada si esa mujer no defiende su derecho a su integridad física y moral?

Esto es obviamente un disparate. Todos tenemos derecho a no ser violados, independientemente de la defensa que hagamos de ese derecho.

Asimismo, el derecho a no ser violados comporta el respeto a nuestra dignidad y nuestra libertad sin menoscabar en absoluto la dignidad y la libertad de los demás. En cambio, lo que los mineros reivindican es el derecho a quebrantar el derecho de los demás al fruto de su trabajo, porque exigen que los políticos arrebaten a los ciudadanos unas sumas de dinero que los ciudadanos libremente con seguridad no entregarían a los mineros.

La lógica de la acción colectiva, que diría Olson, lleva a que determinados grupos de presión poco numerosos pero muy organizados utilicen diversos grados de violencia para conseguir que los políticos les ayuden a expensas de los contribuyentes o los consumidores, dos grupos muy numerosos pero poco organizados, que no defienden sus derechos en las calles. Pero los tienen, y Pilar Bardem podría apreciarlos. Después de todo, ellos probablemente han pagado con su dinero, a la fuerza, sus películas.

Publicado originalmente en Libertad Digital (España) el 15 de julio de 2012.

Benditas luchas y malditos mercados

En un mensaje de apoyo a la última huelga general, transmitido desde mi Buenos Aires querido, dijo Joaquín Sabina: “Esta huelga me parece no sólo legítima sino también absolutamente necesaria porque no sé qué carajo está pasando en Europa, pero conquistas que han costado un siglo de sangre, de lágrimas, de sudor y de trabajo están a punto de desaparecer en manos de estos malditos del libre mercado y de los ajustes”. Su compañero de gira, Joan Manuel Serrat, también se adhirió, y sostuvo que lo hacía para defender “derechos” y “libertades” que han “costado a esta sociedad muchos años de lucha, muchos años de sangre, muchos años de combate”.

Sin embargo, el aumento del gasto público, que es lo que ahora está en cuestión, no fue producto de ninguna “lucha” de nadie: fue impuesto por el poder político en razón de su propia lógica y conveniencia. Si no fuera así, Sabina y Serrat tendrían muchos problemas a la hora de explicar por qué el Estado del Bienestar fue creado por el canciller Bismark, y la Seguridad Social (y, por cierto, el zapateril y progresista Ministerio de la Vivienda) por Francisco Franco. ¿Qué clase de luchadores por la libertad fueron semejantes mandatarios? El llamado mercado de trabajo español con sus onerosos costes de despido es producto de la dictadura franquista, y no de ningún combate de ningún progresista.

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La doctrina del shock

Según este denominado documental, basado en un texto de Naomi Klein, el comunismo fue apenas un “cuento de hadas”, y el Muro de Berlín no simbolizó un sistema totalitario y criminal sino solo “la división de Europa”; lo malo del comunismo fue… Lo que vino después por culpa de los economistas liberales. Quien cree eso, quien cree que la maldad es solo debida a políticos como Margaret Thatcher y al camelo del “fundamentalismo de mercado”, que jamás ha existido, ya puede creer cualquier cosa.

Aquí van unas muestras: las burbujas y las crisis son creadas por las empresas privadas y los mercados, no por autoridades ni organismo públicos como los bancos centrales; las mejores políticas económicas son aquellas en las que los burócratas fijan precios y salarios; lo peor, claro está, es EE.UU., único país al que se responsabiliza del terrorismo, aunque se rescata a sus presidentes “no militaristas” como (agárrese) F.D. Roosevelt. Lógicamente, Milton Friedman organizó el golpe de Videla, porque en la Argentina no pasaba nada antes. Y el golpe de Pinochet fue culpa exclusiva de la perversidad de EE.UU., porque en Chile tampoco pasaba nada. La URSS no quiso jugar en el Estadio Nacional de Santiago porque los comunistas luchan por los derechos humanos, y en ese estadio había presos políticos; nunca hubo presos políticos en la URSS, claro está. Para que quede claro, solo se habla de campos de concentración  ¡En Chile!

Democracia real ya

El manifiesto de “Democracia real ya” subraya que sus firmantes y partidarios no tienen color político: sólo quieren democracia. Pero su democracia se basa en que la gente no pueda elegir.

Esto dicen: “Las prioridades de toda sociedad avanzada han de ser la igualdad, el progreso, la solidaridad, el libre acceso a la cultura, la sostenibilidad ecológica y el desarrollo, el bienestar y la felicidad de las personas. Existen unos derechos básicos que deberían estar cubiertos en estas sociedades: derecho a la vivienda, al trabajo, a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal, y derecho al consumo de los bienes necesarios para una vida sana y feliz”.

El manifiesto es imperativo: hay derechos básicos que “deberían estar cubiertos” y prioridades sociales que “han de ser”. Nótese que así se han edificado las democracias modernas, cuya presión fiscal ya es históricamente elevada. Si a los redactores del manifiesto les parece que la democracia que tenemos no es real, la conclusión es que desean que el nivel de coacción política y legislativa que ya experimentan los ciudadanos aumente de modo apreciable. Es evidente que cuando hablan de derecho a la vivienda, la salud, la educación o el consumo de bienes “necesarios”, no se están refiriendo a que los ciudadanos libremente paguen con sus propios recursos esos bienes y servicios. Si no se están refiriendo a eso, sólo pueden referirse a que el poder forzará a la población a que los pague. La “democracia real ya” no puede, por tanto, querer decir menos impuestos, controles, multas y prohibiciones, sino más. Su idea de la democracia, en consecuencia, estriba en que la gente no elija.

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