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Venezuela, la hora de la verdad

¿Es el chavismo un actor revolucionario? Sorprende que después de 18 años en el poder, la clase política en Venezuela aún no haya podido responder esta pregunta con claridad y establecer una caracterización común de la naturaleza del régimen chavista. Una caracterización que sea ampliamente aceptada y compartida por todos los sectores: políticos, intelectuales y económicos que se oponen a la amenaza totalitaria, y que sirva de orientación a la sociedad en la lucha por salvar la libertad y la dignidad de los venezolanos.

La celebración de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), el domingo 30 de Julio representa una respuesta inequívoca a esta pregunta y acaba, de una vez por todas, con el maniqueísmo estéril dentro de la coalición opositora, entre los “moderados” que esperaban sensatez y defendían la infalibilidad de su estrategia exclusivamente electoral y los llamados “radicales” quienes temprano vislumbraron la naturaleza revolucionaria del chavismo, es decir, sus objetivos ilimitados y entendieron la necesidad de construir estrategias bajo estas premisas.
Por lustros, el mote de “radical” ha sido rentable para el statu quo (medios de comunicación, líderes de opinión y líderes políticos) para descalificar cualquier propuesta diferente a las emanadas del seno de la coalición opositora (MUD) y justificar una y otra vez su táctica de apaciguamiento y cohabitación electoral.

La experiencia, el sentido común y la información disponible habían sido, hasta el domingo, insuficientes para que el liderazgo opositor reconociera la naturaleza revolucionaria y la vocación totalitaria de su adversario, de hecho, aún está por verse si esta premisa será reconocida por todos dentro de la coalición.

Nicolás Maduro confesó en su discurso post electoral que la idea de la ANC le vino el 9 de diciembre 2015 después de la debacle electoral de la Asamblea Nacional, de manera que no fue algo improvisado como muchos sugieren, sino por el contrario, en el curso de las protestas que iniciaron en abril Maduro tomó lo que Steve Ellner denominó “oportunidad revolucionaria” para acelerar la trasformación y la implementación del Socialismo del Siglo XXI y el estado comunal.

En su discurso, Maduro también celebraba su lealtad al legado del comandante. Efectivamente, en el corolario de su testamento político, el Plan de la Patria, Hugo Chávez señalaba que “este es un programa que busca traspasar la barrera del no retorno” con lo que Maduro cumple lo prometido a su mentor.

Políticamente esto representa la ruptura absoluta con la arquitectura hiperpresidencialista —pero liberal— de la Constitución de 1999 y su suplantación por un “Estado Social de derecho y de Justicia” edificado sobre la nueva geometría del poder representada en la comuna socialista y el poder popular.

El salto adelante por parte de Maduro permite entrever una dinámica política muy fluida en lo que resta de 2017. Los tomadores de decisiones en la oposición deberán mostrar inquebrantable coherencia y compromiso, el momento de ver al chavismo a los ojos y confrontar su carácter revolucionario es ya inaplazable.

La revista británica The Economist preguntaba en su portada de la semana pasada qué debería hacer el mundo con Venezuela. La oposición venezolana debe de responder esta pregunta responsablemente, aprovechando la oportunidad de que la región escucha atenta y dispuesta a explorar y favorecer una transición pacífica ofreciendo garantías externas y asistencia económica.
Francisco Rodríguez explicó claramente los obstáculos que un sistema político winner-takes-all pone a la transición. Por lo tanto, propuestas creativas, inclusivas y factibles deben ser desarrolladas y presentadas. Un gobierno amplio de transición, acuerdo y unidad nacional con un programa de gobierno negociado y sometido a referéndum, y los 20 puntos delineados por el escritor Juan Carlos Sosa Azpúrua son algunas de ellas.

Si los líderes políticos son incapaces de articular estrategias concretas y creíbles para la resolución del conflicto —eso incluye descartar el colaboracionismo del ex presidente de gobierno Rodríguez Zapatero— habrán fallado nuevamente a la confianza que los ciudadanos depositan en sus manos.

La prioridad para los venezolanos debe ser impedir y resistir a toda costa imposición totalitaria del chavismo y su radicalización definitiva. Se debe reconocer que lo que está en juego no son futuras rentas captadas por medio de gobernaciones y alcaldías, sino la libertad y la dignidad de los venezolanos no solo de hoy, sino de las próximas generaciones.

Es la hora de la verdad, de reconocer la naturaleza revolucionaria del chavismo y su proyecto totalitario. La complejidad del desafío no nos absuelve de enfrentar la realidad. Si hay estadistas en Venezuela dispuestos a torcer la historia es la hora de que den un paso al frente, la libertad y los últimos vestigios de república se los demanda.

Mañana será demasiado tarde para decir: “No, vale, yo no creo que terminemos como Cuba, en el mar de la felicidad comunista”.