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De la mano de Macri, Argentina se inserta en el mundo

Ciertamente uno de los peores aspectos que atravesó la Argentina en la última década ha sido el de la relaciones internacionales para con el mundo civilizado. El resultado fue un coctel tóxico que se componía de una pésima dirigencia y poco profesionalismo de los ministros asignados al tema, sumado al complejo de inferioridad por parte del matrimonio Kirchner que sentían que el planeta tierra tenía como objetivo hacerles la contra sin motivo alguno. Resultado: el país tuvo la peor de las fortunas en esta materia.

Como es la Argentina 2016: todo parece haber tomado un rumbo absolutamente diferente y ya se pueden destacar varios cambios bajo la nueva conducción del presidente electo en noviembre del año pasado, el ingeniero Mauricio Macri, de 57 años de edad, formado en el sector privado y que sabe, o por lo menos así lo da a entender, que un país más integrado al mundo es un país que avanza en beneficio y progreso de las personas que viven en él.

Y he aquí tres cambios para mi punto de vista fundamentales que conforman que la política exterior argentina haya dado un giro de 180 grados:

  1. La designación de Susana Malcorra, quien desde 2012 fue escogida por Ban Ki-moon como Jefa de Gabinete de la Naciones Unidas, ahora Canciller – Ministra de Relaciones Exteriores y Culto de la Nación Argentina en el nuevo gobierno.
    Esta elección fue primeramente llamativa, dado que no era una mujer política ni del medio argentino, sino todo lo contrario, una persona de carrera que conoce íntegramente a los actores involucrados en la política exterior y que dedicó la mayor parte de su vida adulta a la relaciones internacionales. Hoy trabaja, entre otros aspectos, para insertar en el mundo a la Argentina como primera prioridad, lograr fortalecer el comercio regional y transamericano y recomponer las más que degradadas relaciones diplomáticas con sus vecinos (nunca en su historia el país tuvo peores vínculos con Uruguay, Chile, Brasil y Paraguay que durante el funesto kirchnerinato). Incluso, una posible consecuencia que se comenta es la eventual inclusión de Argentina en el Programa Visa Waiver, que permite viajar a los Estados Unidos como turista sin solicitar previamente el permiso. Dicho sea de paso, bajo la presidencia de Carlos Menem (que se caracterizó por un notable acercamiento con la potencia del norte), en la década de 1990, la Argentina ya disfrutó de este beneficio.
  2. Macri “se puso los pantalones”, expresión argentina que denota la fortaleza y el liderazgo en una decisión. Sucede que en toda Latinoamérica no existe hoy en día un referente de la región que luche verdaderamente por los derechos humanos y las libertades de los individuos. Brasil, que podría por peso propio haber liderado ese rol, increíblemente renunció a ello. Y es aquí donde Macri está ocupando ese espacio vacío y convirtiéndose, de a poco, en guía de la región. Un auspicioso comienzo de este proceso se dio cuando, apenas pasados los 10 días de haber asumido, pidió en una reunión del MERCOSUR por la liberación de Leopoldo López (encarcelado injustamente desde hace más de dos años en Venezuela por la cuasi dictadura de Nicolás Maduro) y de todos los presos políticos en ese país, destacable hecho, dado que ningún mandatario lo había pedido con la firmeza con que Macri lo hizo.
  3. “Muy al oriente está occidente” dicen los chinos… Y es justamente lo que el nuevo presidente está haciendo. Durante los 12 años de kirchnerismo, las relaciones internacionales estuvieron atadas a los países latinoamericanos del eje comunista. Aliados con Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia, no tuvo mejor suerte que seguir los pasos de sus líderes populistas en el camino de servidumbre que profesaban. Del otro lado del Atlántico, Irán era el principal aliado.
    Hoy las cosas cambiaron. En la convención de Davos, Suiza, a la que la Argentina había faltado los últimos 12 años, Macri tuvo importantes reuniones privadas, por solo mencionar algunas, con David Cameron del Reino Unido, el vicepresidente de Estados Unidos Joe Biden, el primer ministro holandés Mark Rutte y la reina Máxima, el premier francés Manuel Valls, el presidente de la Confederación Suiza Johan Schneider-Ammann, y el primer ministro de Israel Benjamin Netanyahu. Ciertamente todo un cambio, más que nada dado que todos estos países ignoraban completamente a los Kirchner en todos los actos internacionales en que participaban. También se reunió con numerosos empresarios, deseosos de certificar que la Argentina retornaba al mundo.
    A todo esto hay que sumarle las visitas que realizaron, en la últimas semanas, el primer ministro italiano Matteo Renzi, país con numerosos descendientes en Argentina, y el mandatario francés François Hollande. Como broche de oro, para fin de este mes se espera la llegada de Barack Obama y su familia, más que destacable situación, dado que la última visita oficial y exclusiva de un presidente americano fue la de Bill Clinton en 1997. Y todo esto, en un gobierno que aún no ha cumplido 100 días desde su asunción.

Como conclusión final, en un mundo globalizado como el de hoy en día, conectado como nunca antes en la historia, con cada vez más tratados de libre comercio, con cada vez menos restricciones a la libre circulación de las personas y con cada vez menos barreras lingüísticas, recomponer las relaciones internacionales es uno de los desafíos, paradójicamente, más fáciles que tiene la nueva gestión en Argentina si persiste en este correcto camino.

Space Act: un regreso a los principios fundadores de EE.UU.

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Hace un par de meses se aprobó la ley denominada SPACE Act of 2015 (SPACE, según sus siglas en inglés), presentada en el congreso por el representante Kevin McCarthy (Republicano, California, Distrito No. 23) y ya aprobada por el presidente Barack Obama, lo que convierte a EE.UU. en un pionero en relación al campo de la minería en el espacio estelar.

Básicamente, la nueva Ley permite a los ciudadanos de EE.UU. tomar parte en la exploración y explotación comercial de los recursos del espacio, lo que incluye, por ejemplo, al agua y a los minerales que puedan llegar a extraerse de los cuerpos celestes. Esto abre inmensas posibilidades de encontrar nuevas grandes cantidades de los metales ya conocidos, como ser oro, plata, platino o cobre, nuevos lotes de agua para consumo humano, yacimientos de petróleo que prolonguen el uso del mismo para crear energía, y por qué no, nuevos tipos de elementos químicos hoy desconocidos por nosotros pero que pueden llegar a revolucionar nuestra vida cotidiana actual.

Ahora bien, para poner en contexto esta noticia, conviene detenerse unos minutos en el pasado. La historia del mundo ha demostrado que es imposible operar en los mercados sin un marco institucional que nos permita definir claramente sus reglas y, así, asumir o no la posibilidad de tomar riesgos con la intención de minimizar lo más posible los costos en que se van a incurrir. Este contexto no le es, ciertamente, ajeno a la historia de EE.UU. Es que, salvando las distancias, se puede comparar esta novedad directamente con la llamada Gold Rush, o Fiebre del Oro, que se dio en la costa oeste americana hacia el año 1850. En esa época, miles de personas dejaban sus ciudades originarias y tomaban el riesgo (y la aventura) de atravesar el desierto central, para migrar a las costas californianas y así llegar a la posibilidad de hacerse del preciado oro que les cambiaría, tal vez, la vida para siempre. Obviamente esto no solo les trajo ganancias personales a los pioneros, sino que tales beneficios se diversificaron hacia toda la sociedad y permitieron las bases del fabuloso progreso y conquista del Lejano Oeste, con obras monumentales para la época como la construcción de líneas ferroviarias que conectaban el este con el oeste, florecieron incontables pueblos (luego algunos grandes ciudades), los telégrafos, etc.

Es importante resaltar que, finalmente, en el fondo de las causas de la Gold Rush estaba el respeto irrestricto a los derechos individuales de propiedad. Comparativamente, mientras la gente en el norte arriesgaba todo por un poco de oro, en Latinoamérica pasaba todo lo contrario. Y sucede que la diferencia entre América Latina y EE.UU. fue que, en la primera, el Rey durante la colonia era dueño de todo el subsuelo (en ese momento fundamentalmente oro y de la plata), y luego de los distintos procesos independentistas, ese propiedad pasó de la corona a los gobiernos federales (en otras palabras, de un monopolio del monarca a un monopolio gubernamental), mientras en EE.UU. pasó todo lo contrario. Al independizarse y dejar de ser una colonia inglesa, los minerales en el suelo y subsuelo pasaron a ser propiedad de las personas, no de los gobiernos. En definitiva, tomaron el respeto inviolable del Rule of Law, de su anterior colono, y lo aplicaron al nuevo estado naciente.

Hoy, 150 años después, se toma como correcto punto de partida el derecho romano y el concepto res nullius, a través del cual la propiedad no le pertenece a nadie en abstracto, sino hasta que alguien reclama posesión de la misma. Es decir, se enfatiza en el espíritu de la libertad y una estructura de leyes para la defensa de la propiedad de sus ciudadanos.

La Ley SPACE de 2015 es la versión siglo XXI de EE.UU., que ha dado más libertad de ejercicio a sus ciudadanos como nunca en la historia de la humanidad, teniendo en cuenta que el motor del progreso de las civilizaciones es la libre acción humana. Por supuesto, la libertad individual le permitirá a cada uno actuar y proceder por sus propios valores. Los mismos se someterán, claro, a un proceso deliberado de preferencias, elecciones y selecciones de medios para lograr los nuevos fines que les brinda esta nueva Ley. Pero la misma abre un promisorio futuro para la humanidad, tan importante y complejo que hoy no es posible aventurar un pronóstico final acerca de la conquista del espacio. Pero si podemos afirmar que se trata de un excelente primer paso.

El desempleo y los inmigrantes ilegales

En una extravagante pero habitual frase pronunciada por buena parte de los gobiernos del planeta, estos se atribuyen en su gestión la “creación” de cierto número de empleos o nuevos empleos para demostrar lo exitosos que han sido dilapidando los recursos de los ciudadanos. La realidad es muy otra: es el sector privado (y sólo el sector privado) quien crea nuevas fuentes laborales.

En este contexto, es interesante analizar en particular el fenómeno del empleo (o desempleo) de los inmigrantes ilegales, es decir de aquellos quienes residiendo en un determinado país no se ajustan a las generalmente muy restrictivas leyes que restringen un derecho tan elemental como la libre migración interfronteras. Bien dice Mises en el capítulo Armonía y conflicto de intereses de su monumental Acción Humana que bajo una economía de mercado libre “las fronteras políticas se transforman en meras rayas trazadas sobre los mapas……[no habrá] ni barreras ni cortapisas de ningún género [que] perturben la libre movilidad del capital, del trabajo y de las mercancías….ni leyes, jueces ni funcionarios  [que] discriminen contra individuo ni grupo alguno, ya sea nacional o extranjero”.

Pues bien, a pesar del enorme abanico de trabas y regulaciones que los gobiernos se empecinan en instrumentar, cabe preguntarse el porqué no existe una “tasa de desempleo de inmigrantes ilegales”, sino que el desempleo se da solamente en los individuos que trabajan bajo la lupa de los entes reguladores estatales. Vale la pena recordar las palabras de Hans Sennholz, destacado escritor y conferencista sobre temas de economía y política y problemas monetarios, quien fue jefe del departamento de Economía del Grove City College, de Pennsylvania: “El desempleo es un fenómeno de costos. Siempre hay trabajo para alguien cuya productividad exceda los costos de su empleo. Y la desocupación esta aguardando a cualquiera cuyos costos sean superiores a su utilidad. Esta es la verdad, tanto se trate de un ciudadano nativo como de un extranjero”.

Por otro lado, y complementariamente a lo que venimos expresando, es sabido que el salario no es sino un precio más expresado en una sociedad libre que, como tal, se rige también por la oferta y demanda. En consecuencia, cual será el nivel salarial de un nativo o de un inmigrante estará dado, en última instancia, por la estructura de capital del país en cuestión. Es conocido el ejemplo del peluquero de California que, con los mismos peines, tijeras y técnicas que su colega de Haití, ganará un salario 10 veces mayor que el de éste.

Veámoslo en un ejemplo empírico que relaciona ambos aspectos, la inmigración y la inversión por trabajador: ¿Acaso el americano Bradley encontraría empleo más fácilmente en un rancho en Dallas, Texas, ocupando la vacante libre que fue dejada por el sudamericano Carlos al haber sido arrestado y deportado? El punto para resolver el interrogante es que a Bradley, debido a la política intervencionista gubernamental de salarios mínimos, hay que pagarle US$ 7,25 p/hora de salario mínimo, mientras que la utilidad o el valor de su trabajo puede llegar a ser, eventualmente, de solo US$ 2. La respuesta a la incógnita es entonces un rotundo ¡NO!

Lo que quiere decir que echarlos intempestivamente de su trabajo y deportarlo de sus países de residencia de nada servirá para disminuir las tasas de desempleo, puesto que de ninguna manera los nativos ocuparían esos nuevos espacios libres, por lo anteriormente descripto.

En el caso de EE.UU., hoy en día según el Center for Immigration Studies hay 12 millones de inmigrantes ilegales, pero como ya sabemos su expulsión no garantizaría puestos de trabajo para los americanos, ni bajaría su actual tasa de desempleo de  5,5% a cero.

Otro aspecto más que conocido es que generalmente los inmigrantes ilegales prestan servicios en las áreas más difíciles de controlar por los organismos gubernamentales y que, por otra parte, son tareas normalmente desechadas por los nativos.

En un mundo tan globalizado como el de hoy, es imposible contener la fluctuación de personas que entran y salen de los países con leyes o reglamentos. La clave está en dar más libertad el libre movimiento de hombres y mujeres y más aún al trabajo que pueden llegar a realizar en los lugares donde posen sus pies. Debemos bregar para que, hoy en día, se vuelva a hacer realidad lo que era habitual en, por ejemplo, los finales del siglo XIX y principios del XX: una casi absoluta libertad de movimientos de la fuerza laboral entre los países que permitió, entre otros factores, el impresionante desarrollo de naciones como EE.UU.

La Argentina: una breve visión de la decadencia

La República Argentina, hoy en día y en un camino que se inició hace ya décadas, es un país que ocupa los últimos puestos en diferentes índices, tales como libertad económica, libertad de prensa, calidad institucional, nivel educativo, y seguridad jurídica, entre otros. En otras palabras, un país que desalienta las inversiones nacionales y extranjeras, donde la separación de poderes está casi extinta y en el que el populismo de la familia Kirchner (que gobierna desde hace exactamente 12 años) ha logrado dominar las mentes y los pensamientos de la gran mayoría de los argentinos.

Pero lo curioso que esto no fue siempre así. El país fue fundado bajo las bases estrictas de un Estado de Derecho fuerte. En 1853 se sanciona una Constitución totalmente liberal, muy parecida a la norteamericana, que limita al gobierno y les da libertad y poder a las personas. En la misma se establecieron marcos institucionales, republicanos y federales para el progreso del país. Este contexto, más una dirigencia que miraba al mundo y planificaba para el futuro, logró un notable avance hacia la vanguardia del orbe. Es más, el país en poco tiempo obtuvo un desarrollo enorme, con logros formidables, como por ejemplo:

  • Entre 1850 y 1914, el área sembrada pasó de medio millón a 24 millones de hectáreas.
  • Las exportaciones subieron en 40 años (1870-1910), de 30 millones de pesos oro a 389 millones.
  • La red ferroviaria creció de 732 kilómetros en 1870 a 28.000 kilómetros en 1910, junto con una avanzadísima red de carreteras, integrando los desiertos espacios argentinos.
  • El crecimiento por habitante entre 1875 y 1913 fue de más del tres por ciento anual.
  • La inmigración, atraída por ese ilimitado progreso, fue casi explosiva: unos seis millones de extranjeros llegaron al país. Esto dio como resultado global que en apenas poco más de 60 años la población pasó de un millón de habitantes en 1850 a ocho millones en 1914.
  • En lo que respecta al progreso en calidad humana, la tasa de mortalidad por mil habitantes había bajado del 22,98 en 1889-1898 a 16,5 en 1899-1907. A título comparativo, podemos decir que la tasa en 1908, que era de 15,2, podía medirse favorablemente contra las de Berlín (14,8), Londres (15,1) y Nueva York (18,6).
  • En 1869, el país tenía un 70% de analfabetos. En 1930, se habían reducido al 22%. La tasa de escolaridad primaria, que en 1870 era del 20%, en 1920 llegaba al 64%. (En Italia, para los mismos años, había subido del 33 al 55%).

Muchas son las causas que los analistas han tratado de encontrar para justificar la enorme divergencia que se da entre aquella Argentina del progreso ilimitado y esta actual decadencia. Algunas de tales justificaciones giran en torno de exóticas combinaciones climáticas, religiosas, idiomáticas y hasta racistas. Pero la realidad es que la acelerada caída que hoy registra la Argentina tiene su verdadera causa en el gradual pero persistente y sistemático apartamiento del país de lo que en la cultura inglesa de denomina el Rule of Law, es decir, el conjunto de normas y principios que valoran al individuo y sus libertades por sobre el estado omnipresente y protector que, finalmente, todo lo destruye y ahoga. Este es un año decisivo, en un país donde el voto es obligatorio, ya que la ciudadanía está convocada a elecciones en octubre y debe elegir por continuar el modelo populista kirchnerista, a través de candidatos con diferentes nombres y partidos pero en el fondo con casi exactamente las mismas ideas, o poner fin de una vez por todas al populismo colectivista y retomar la vía de la libertad.

Federalismo, una de las bases de la libertad

El agrandamiento del gobierno central va en contra del espíritu y la letra del libre mercado, dado que un gobierno grande es sinónimo de intromisión, de impuestos y de injerencia en la las libertades de los individuos.

Ya decía John Stuart Mill que es innecesario y contraproducente agregar funciones adicionales al gobierno, puesto que los individuos, mayoritariamente, entonces darán por sentado que tales tareas serán hechas por el estado (por ejemplo, obras públicas, seguros, bancos, universidades) y, en buena manera, se enerva la actividad de las personas, la iniciativa personal, y, finalmente, se cercena la libertad individual. Justamente la libertad individual para que cada persona pueda elegir y no dejar que el gobierno decida por nosotros, equivocarnos con nuestras propias decisiones y no con las de otros. En definitiva ganarse el pan con el sudor de la frente y no con el sudor del de enfrente.

Los gobiernos grandes tienden a la compulsión de controlar todo lo que más puedan. Como decía Lord Acton “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Y en ese afán, las buenas intenciones que puedan llegar a tener los gobernantes de turno y los resultados de sus políticas siempre son muy diferentes. Uno de los problemas centrales es el tema de fijar reglas claras para los gobiernos y los límites, que cosas y que cosas no. Así llegamos a lo que en la mayoría de los países llaman Constituciones (escritas o por tradición, como en el caso de Gran Bretaña). Y federalismo a la manera en que se organizan internamente los estados. La mejor práctica es la administración que se descentraliza en varios pequeños gobiernos, porque pocas cosas son tan inestables como un ejecutivo central y, si sabemos que éstos son un mal necesario, entonces es mejor tener a la bestia encadenada, para no sufrir lo que podría llegar a ser un macro gobierno central gigante. En el Federalista X, Madison destaca sobre los gobiernos elegidos por medio de la democracia: “una democracia pura, por la que entiendo una sociedad integrada por un reducido número de ciudadanos que se reúnen y administran personalmente el gobierno, no puede evitar los peligros del espíritu sectario”, siguiendo, “aprueban medidas no conformes con las normas de la justicia y los derechos del partido más débil, impuestas por la fuerza superior de una mayoría interesada y dominadora”. Justamente, es grandísima la peligrosidad de tener a un grupo muy reducido de individuos decidiendo el futuro de otros millones.

Así, en el federalismo lo importante es que el gobierno de la provincia A no intervenga en la vida de los ciudadanos de la provincia B o C. Como bien señala  Antonio Martino, de la Universidad de Roma, a su vez los gobiernos experimentan políticas públicas con procesos de prueba-error. Martino reitera que una descentralización en pequeños y muchos gobiernos permite la pacífica confraternización entre las diferentes etnias, grupos lingüísticos y geografía en los países. Cada provincia federal tiene entonces la libertad de gobernarse como le plazca, compitiendo finalmente por los habitantes, donde las exitosas atraigan más gente a vivir en ellas que las restantes. Pequeños países dentro de un gran país. Así fueron fundados en sus comienzos naciones como Suiza, Argentina, o el mismo EE.UU., que es en realidad no una nación sino un continente de 50 naciones con un gobierno federal que solo centraliza reducidos y limitados poderes, como la defensa o las relaciones exteriores.

En síntesis, si defendemos la libertad a través, claro, de un gobierno limitado y centrado en sus tareas esenciales, debemos también necesariamente abocarnos a la tarea de lograr un verdadero, efectivo, seguro y práctico federalismo.

El insólito control de cambios en la Argentina

Desde el año 2011, la Argentina sufre un severo y estricto control de cambios (llamado cepo por el común de la gente) instrumentado por el gobierno de Cristina Fernandez de Kirchner. Desde entonces, cambiar dólares u otras monedas a pesos y viceversa se ha convertido en una tarea titánica, prácticamente imposible. Por supuesto,  no se logró otra cosa más que consolidar el mercado paralelo (popularmente conocido como blue), que se expandió hasta lograr una brecha  entre el dólar oficial y el del libre mercado del orden del 50%. Demás está decir que tan exótica medida no hizo más que desalentar el comercio, desproteger los ahorros de las personas, obligarlos a operar en la informalidad, etc.

Sin embargo, en octubre del presente año habrá elecciones presidenciales, lo que podría introducir un callejón de salida a los argentinos, agobiados por éste y tantos otros temas. En este contexto, uno de los candidatos que, según las encuestas, comparte el terceto de posibles triunfadores, el ex Jefe de Gabinete de Ministros del kirchnerismo (2007-2008) Sergio Massa, que se presenta en un partido propio, declara, junto a su flamante equipo económico integrado en su gran mayoría por ex oficialistas, que posee un supuesto plan para liberar el cepo en 100 días del que mucho no se sabe aún. Sus explicaciones, como suele suceder en las campañas argentinas, no se distinguen por la claridad. Son, más bien, un conjunto de frases más o menos bien armadas, pero finalmente insustanciales y, muchas veces, inconexas y mutuamente contraproducentes.

Ahora bien, habla de 100 días, cuando este tipo de medidas de ninguna manera pueden tardar tanto tiempo en instrumentarse. Es más, la dilación seguramente juega en contra de la real efectividad de este plan que, como dijimos, ni siquiera ha sido explicado en detalle.

En cambio, lo lógico sería tomar el toro por las astas y, sin demora ninguna, terminar con el actual mercado de moneda extranjera que tiene Argentina hoy en día: un  gobierno que monopoliza absolutamente la compra/venta de divisas mediante el Banco Central. Si, como bien sabemos, es generador de derroches, negociados y prebendas cualquier “mercado” estatal, está claro que al caso que analizamos le corresponden las generales de la ley. Dado que el dinero es una mercancía como cualquier otra, lo que se debe hacer es dejar comerciar con total libertad a las casas de cambio, negocios, particulares, exportadores, importadores,  en definitiva al mercado, que puedan elegir la moneda de su preferencia al tipo de cambio libremente interactuado entre ellos. Esto no es para nada descabellado, es solamente lo que se hace en gran parte del mundo, ¿por qué debería ser distinto para Argentina?

Finalmente, de esta manera se liberaría al Banco Central de la tarea de controlar y administrar el mercado de divisas, y los dólares que tiene en sus reservas (por otra parte, cada vez más escasas) se destinarían (como debe ser) solamente a respaldar la moneda –pesos- que emite.